¡Vivan los novios!

La cita es en un remoto salón de fiestas de Lerdo, Durango. Acudo como testigo del novio. Mi esposo y yo llegamos unos minutos antes de la hora citada. Tres minutos después entra el testigo de la novia con su esposa, amigos nuestros. Comentamos sobre los novios y de su costumbre por llegar tarde a sus compromisos. No había nadie en “la quinta”, así que disponemos de ella y nos sentamos. Cinco minutos después llega un encargado del lugar y diez más tarde, el señor juez. Pregunta por los protagonistas y no tenemos respuesta. Espera media hora y se va.

Platicamos y platicamos. No hay nada de beber para ofrecernos, nada de aperitivo, ni unos tristes cacahuates. Cuatro parejas más se sientan a esperar. Con una gran sonrisa aparece el novio. Saluda a los presentes. Le informamos sobre el juez y comenta que seguro regresará. No sabe qué pasa con la novia. Comparte una de las mesas como un invitado más. Regresa el juez dispuesto a casarlos. Los asistentes volteamos de inmediato, excepto el esposado. Cuando le informamos, se para a decirle que aún no ha llegado su futura esposa, que si puede volver más tarde. Con una infinita paciencia, el juez se retira.

Continúan llegando más convidados, sorprendidos que aún no se consume el matrimonio. Llega la mamá del novio y familiares de la novia. Una hora veinte después llega la contrayente, feliz. La recibe el prometido y se van al jardín adjunto a tomarse fotos. El juez espera, los testigos esperamos, los familiares e invitados esperan. Los esposados sonríen a todos y pasan a consumar la boda civil.

Casi al final de la celebración, llega la mamá de la novia con los refrescos, los aperitivos y la cena. Da instrucciones a los meseros y se hace un silencio. El juez continúa. Firmamos los testigos, las madres de los contrayentes y los protagonistas. No falta el habitual grito: “¡Que vivan los novios! Y después el acostumbrado: ¡Beso, beso, beso!, los esposos acceden. Ninguno de los dos toca el tema de sus retrasos. Solo bailan, disfrutan, platican, se retratan, beben y comen.

Todos tenemos anécdotas similares, de quienes no tienen un respeto hacia sí mismos ni hacia los demás. El respeto del tiempo ajeno, de reglas básicas de cortesía, no son notorias en los que la tienen, pero para quien las carece si son evidentes. Creo que la mayoría de los invitados a esa boda pensamos en retirarnos al no recibir un poco de atención. Sin embargo, nadie nos fuimos hasta después de haberlos declarado marido y mujer y de convivir más tiempo. Nadie pidió explicación, ni el juez. Mientras veíamos la felicidad de los recién casados, brindamos con refrescos, deseando que los alcanzara algún día un buen reloj. ¡Vivan los novios!

 

Deja tu comentario