Vestigios del Pleistoceno. Parte I

La paz cambió de residencia. Radica en un sitio extraordinario con reconocimiento internacional. Es un lugar desconocido por muchos habitantes cercanos de laguneros de Coahuila y Durango. Custodian la zona enormes cerros verduscos y grisáceos, agrietados por las fuertes corrientes de agua. Jamás imaginé que podría ver árboles milenarios, con troncos inmensos, como mujeres fosilizadas, formando cientos de figuras. Resultó un regocijo ver el sol entre las altas ramas.

El Cañón de Fernández está dividido en cuatro áreas naturales: inicia con un bosque de galerías de álamos, ahuehuetes y sauces; luego el matorral desértico rosetófilo y mícrofilo; después las laderas con especies endémicas y con estatus ecológicos, y la cuarta comprende una gran riqueza de especies de plantas, animales y aves. El cauce del Río Nazas, acentúa la belleza del área y por supuesto permite la vida a plantas y animales del sitio.

La diversidad biológica del Cañón incluye 581 especies diferentes entre flora y fauna, de las cuales 25 son endémicas. La botánica se conforma de ahuehuetes, sabinos, álamos y sauces de más de diez metros, huizaches y mezquites de una singular hermosura; también existen ocotillos, esas varas largas verdes con una corona roja de flores, además se hallan diferentes cactáceas, entre ellas, mi reina poliédrica, la noa.

Otra maravilla, digna de escribir un cuento: La reina de la noche. Lo es literalmente, esta cactácea le da vida a una hermosa flor blanca una vez al año, con el cobijo de la noche. Vive sólo en las mismas horas de esa luna. Los amantes del desierto pueden pasar noches enteras en espera de dicho espectáculo natural. La reina de la noche al igual que la noa, están en peligro de extinción. Puedo contarme entre los seres privilegiados que han logrado apreciar la sublime belleza de ambas.

Existen en esa área más de 27 tipos de peces. Los habitantes alados son las aguilillas gris y la de cola roja, patos canadiense, mexicano y del bosque, aves playeras, águilas pescadoras, las imponentes auras y los tiernos capiturrines. Pude observar tres especies, el pato canadiense, el mexicano y el ave playera, que describiré. Me llama la atención el plumaje colorido del pato canadiense. Parece consciente de su belleza. Su cabeza verde asume un azulado con los rayos solares. Su pico es amarillo y aplastado, característico de su especie. Tiene un collar blanco alrededor del cuello. Las plumas de su cuerpo van de las tonalidades de blanco a grisáceo y azul.

El pato mexicano, es similar en la estructura del canadiense y en la conformación del pico. La diferencia principal radica en sus colores. Nos deleita con una pigmentación entre blanco y café. Si observas una sola pluma, te admirarás de su perfección. En la parte inferior es blanco, en medio de la misma se torna de un tenue café, una ligera línea negra y así sucesivamente. Su presencia es sobria, pero elegante a la vez.

El ave playera da la impresión de ser una cigüeña diminuta. Sus patas son largas y delgadas, de cuerpo pequeño, y pico alargado. El pecho del ave playera es blanco y su lomo negro. Emigran desde cientos de kilómetros, en su mayoría de Canadá, Cuba y Miami. Cuando su insisto les anuncia la llegada del invierno se preparan para el largo viaje, acumulan grasa y energía y mudan su plumaje. La travesía es para todos, desde el de menor edad hasta el más viejo, si desisten del vuelo, mueren de hambre y frío.

Lo anterior es sólo una parte mínima del Cañón de Fernández. Debido a reglas de espacio, la descripción de estos vestigios del Pleistoceno quedará en una segunda parte para la próxima semana.

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