¿Vencimos al desierto?

Hace un par de semanas conduje de Torreón a Saltillo acompañada de mi esposo Salvador y de mi hija Jimena. Era domingo, a las cinco de la tarde y teníamos 30 grados de temperatura.  En pocas circunstancias pongo toda mi atención, como cuando manejo con mi familia. Voy concentrada en cuerpo y alma. He manejado cientos de veces esa carretera, pero en ese viaje en particular, aprendí que siempre hay un nivel superior en todo, incluso cuando pensamos que ya dimos nuestro máximo esfuerzo.

Apenas entramos a la autopista, notamos frente a nosotros una cortina negra de lluvia, cercana al Ejido el Sol. En el extremo derecho, desde la Cuchilla vimos un fenómeno particular del semidesierto. Era una gran nube de polvo, pegada a las montañas. Conforme avanzábamos dicha nube se hacía más y más ancha y alta. Invadía mayor espacio y era imposible ver los enormes cerros. Se desplazaba sigilosa y constante.

Mientras Salvador nos explicaba qué pasaba, Jimena y yo mirábamos como dos niñas asombradas. En ese punto estaba la Laguna de Mayrán y los vestigios de ésta. Después de haber vivido en el agua millones de años, sus polvos diminutos son presa fácil de elevarse y formar esas colosales dimensiones. Esa tormenta fue tan intensa que hubo un momento en que se fundieron la nube de polvo con las del cielo.

Desde antes del Cerro Bola la tormenta del desierto invadió la carretera. El campo visual era menor a un metro, no lograba ver la trompa del auto. Escuchábamos cada grano de arena al chocar contra el carro. La tormenta llevaba tanta potencia que el volante demandaba más fuerza para controlarlo dentro de la autopista. La experiencia se alargó hasta el Ejido La Virgen. Se despejaba y de nuevo, otra tormenta más débil le seguía. Muchas veces observé este fenómeno así de repente, pero nunca  en el inicio. En La Laguna hace  algunas décadas hubo una tormenta del desierto tan intensa que hasta se encendieron las farolas públicas, programadas a iluminar cuando oscurece.

Seguimos en el trayecto y en el Ejido 18 de agosto un enorme sol nos recibe, como si nada hubiera pasado. Era el estado natural que vemos en nuestros muy frecuentes viajes, Saltillo-Torreón/ Torreón-Saltillo. Pensamos que ya había sido suficiente. Pero el desierto decidió mandarnos una lluvia, la cual fue suficiente como para dejar la pintura del carro como un batidillo de lodo. Lluvia con sol, en mi pueblo dicen que es una señal de que los drogueros pagarán sus deudas.

Antes de llegar a General Cepeda, empezó a sentirse más fresco, como anuncio de la cercanía de Saltillo. Cuando llegamos a la capital del estado, la temperatura había descendido 14 grados con relación a Torreón. ¿Quién dijo que vencimos al desierto? Nadie lo puede vencer. Él nos permite vivir en su tierra, pero sigue siendo el amo y señor del clima y de los fenómenos naturales. Necesitamos convivir con nuestro semidesierto y respetar su ecosistema.

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