Un gramo en vuelo

Me gusta observar el entorno, en especial cuando viajo. Esta semana me alegró la presencia de un singular consorcio. En la carretera Torreón Saltillo fui acompañada de gran cantidad de silenciosas peregrinas voladoras. Pobladoras que datan de hace aproximadamente 250 millones de años. La mayor parte de ellas son originarias de los campos agrícolas ubicados en la franja fronteriza del sur de Canadá y el norte de los Estados Unidos. Ver a la mariposa monarca en pleno vuelo es un gozo extremo, señal de que nos sobran motivos bellos en nuestras vidas.

Recuerdo que en años anteriores en ese mismo tramo se formaban verdaderas nubes de mariposas. Con tristeza ahora las descubrí en una cantidad mucho menor. Manejé con sumo cuidado para evitar se estamparan en mi auto, aunque debo confesar que mi hija Jimena me contó que le di muerte a cuatro de ellas, motivo de reclamo de por vida para ambas. Lamento esto. Igual que lamento verlas heridas en Saltillo debido a los cambios bruscos de temperatura, me duele mirarlas lastimadas sin  poder ayudarlas. Desde el 15 de octubre las vi en diferentes puntos de nuestra capital: en los viveros, en las zonas arboladas, afuera de mi casa, en las calles. Aunque también observé muchas sin vida en los parabrisas de los autos y en las banquetas.

Estos bellos especímenes recorren diariamente casi 120 kilómetros. Me resulta inevitable dimensionar las distancias sin tener una referencia de un punto a otro. De Saltillo a Paila hay 126 kilómetros. Es maravilloso saber que la monarca se orienta en corrientes de aire ascendente para aprovechar el impulso y planear. Con esta técnica de vuelo, sólo necesitan aletear cuando pierden el viento o cambian su rumbo, lo cual les permite guardar energía suficiente para completar su largo viaje.

Su ciclo de vida dura de cuatro a cinco semanas. Inicia como huevo, se transforma en larva, luego es crisálida, hasta convertirse en un adulto reproductivo, y al igual que el resto de los seres vivos, finalmente, muere. La monarca surge en el fin del verano, quien con las bajas temperaturas se ve obligada a realizar un titánico recorrido para llegar a latitudes más cálidas y poder continuar con el ciclo de hibernar, alimentarse y aparearse, para luego regresar, a lo que se le llama generación Matusalén. Algunas especies migratorias tienen efímeras existencias de un mes, a diferencia de éstas, la monarca se vive de siete a ocho meses para lograr su objetivo de llegar a los bosques de oyamel, a los santuarios en  los estados de México y Michoacán.

Después de casi cinco mil kilómetros de increíble recorrido de 33 días, la generación Matusalén de mariposas monarca logra llegar a los santuarios localizados en: Cerro Altamirano, Cerro Pelón, Sierra Chincua, Sierra del Campanario, Cerro Picacho y Chivati-Huacal. Estos refugios brindan protección a plantas y animales en peligro de extinción. Se estima que cada uno alberga entre siete millones y 20 millones de mariposas. Se instalan en los troncos y racimos de oyamel, para ser parte de la mitad de la colonia que sobrevivirá al invierno y a los depredadores.

Imagino estar ahí y ver esa maravilla, un tapiz alado sobre cientos de oyameles. La naturaleza es sabia. A mediados de febrero, cuando la temperatura aumenta y los días son más largos, las monarcas se desprenden de los árboles, para aparearse. Cada hembra deja casi 400 huevecillos sobre las finas hojas de las asclepias, comienza la búsqueda de flores para extraer el néctar para acumular energía para el largo viaje de regreso a casa.

Me asombré al saber que las mariposas adultas sexualmente maduras y en ejercicio de su condición, cuando vuelan al sur de los Estados Unidos y Canadá, mueren en el trayecto y surgen cuatro generaciones más. La quinta generación, nace durante el verano en Canadá y Estados Unidos. A diferencia de las cuatro generaciones anteriores, la posterior vive lo suficiente para emprender el viaje completo hacia a nuestro país.

Pienso cómo es posible que la avaricia de la tala clandestina esté encima de poder mutilar poco a poco el hábitat de esta especie que enseña su grandeza a la humanidad. Debe ser un silencio imponente, en medio de esos enormes árboles. Quizá se escuche su aleteo y los latidos de los presentes. Quizá se puedan percibir cientos de ojos diminutos. Quizá se pueda pensar que no hay cabida para una monarca más. Dejaré los quizás para decretar que un día estaré entre la belleza insólita de esta maravilla de menos de un gramo. Protejámosla, admirémosla, es nuestra.

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