Tiempos líquidos

“Es mejor saber que nadé en el charquito a pasar sin pena ni gloria”, me dijo hace más de un par de décadas mi amigo el periodista y escritor Enrique Lomas Urista. Era nuestro primer trabajo como recién egresados del extinto ISCyTAC, ahora ULSA Laguna. Comentamos la importancia de dar siempre un extra en nuestras labores, cualquiera que estas fueran, él era desde entonces un excelente cuentista. Con frecuencia recuerdo sus palabras, en especial cuando cierro eslabones coyunturales.

Ahora me pregunto qué tipo de país seríamos si cada uno de nosotros como mexicanos nos comprometiéramos de manera cabal en nuestras responsabilidades, realizando más allá de nuestras tareas sin esperar a que nuestro jefe nos diga qué debemos hacer. Me da pena escuchar el: “hacen como que me pagan y yo hago como que trabajo”, o “si no me piden tal reporte no lo voy a hacer”. Nos cuesta trabajo rebasar la famosa zona de confort y preferimos vivir acurrucados en ésta.

A la inversa, he sido testigo de personas que ponen todo su empeño, trabajan demasiado para obtener una mejor posición y cuando la obtienen se trastocan en un ser distinto al que conocimos, o quizá sacan su verdadera personalidad: buscan sólo el bienestar personal, ignoran los gritos de ayuda de seres vulnerados, pasan por alto capacidades que pueden aportar a su centro laboral, vilipendian a sus compañeros, incumplen en sus obligaciones y no reconocen a quienes le brindaron ayuda para tener ese pequeño escaño. Incluso niegan hasta el saludo a gente que estaba a su alrededor y en algún momento le apoyaron.

Me cuesta trabajo entender estas situaciones, el apego al puesto y a las seguridades se ven manifiestos en una vida que fluye de manera vertiginosa. Dice Bauman en su libro Tiempos líquidos: “… el paso de la fase «sólida» de la modernidad «líquida»: es decir, a una condición en que las formas sociales (las estructuras que limitan las elecciones individuales, las instituciones que salvaguardan la continuidad de los hábitos, los modernos de comportamiento aceptables) ya no pueden (ni se espera que puedan) mantener su forma por más tiempo, porque se descomponen y se derriten entes de que se cuente con el tiempo necesario para asumirlas y, una vez asumidas, ocupar el lugar que se les ha asignado.”

Tengo la firme convicción que si cada uno de nosotros, desde nuestros propios espacios hacemos un esfuerzo por ser mejores personas, ayudamos a los demás, tenemos un entorno afable y transmitimos valores entre la gente que nos rodea, podemos tener un espacio más vivible, en especial para las nuevas generaciones las cuales sólo han visto violencia, sangre, muertes, bulying y la ley del talión como una forma de vida natural. Para quienes venimos del siglo pasado esto representa una verdadera atrocidad.

Muchas veces nos quejamos por qué no tenemos el progreso en nuestros municipios que queremos, pero ¿qué hacemos como ciudadanos para llegar a él? Bauman afirma: “…«progreso» ya no significa «un impulso hacia adelante». En vez de ir en pos de un señuelo que corre por delante, parece sugerir  e inspirar la compulsión por escapar de un desastre que nos viene pisando los talones…” En estos días de cerrar eslabones inmersos en los que el propio Bauman llama tiempos líquidos me volví a cuestionar ¿nadé en el charquito o pasé sin pena ni gloria?

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