Se vale opinar.

La semana pasada “la prima de una amiga” se lastimó la mano de una manera muy tonta. Se recargó mal sobre la cama y le provocó un esguince por el cual debe usar una muñequera un par de semanas. Comenté con ella sobre ese pequeño incidente y recordamos otros, pertenecientes casi todos al “amigo de un amigo” a primos, o a vecinos. Todos los casos son lejanos, contados por actores intermediarios, pero reales.

Hace poco me contaron sobre una señora que andaba de compras “al otro lado” montada sobre unos zapatos zuecos. Dio una mala pisada, dobló el pie y fue a parar al suelo. La prisa por terminar de ajuararse de ropitas nuevas la hizo ignorar el dolor (más no el dólar). Se empastilló para seguir con su ardua jornada. Hasta llegar al suelo mexicano se enteró que tenía un par de huesos quebrados. Tuvo que andar casi dos meses con muleta y usar un artefacto especial en el pie.

Otra fue en una cocina de un lugar del mundo. Va el abuelo de frágil figura, entrando con su pequeña nieta en los brazos. El señor sube un pequeño nivel mientras sonríe con sus hijos, al mismo tiempo la bebé se toma del resquicio de la puerta con tal fuerza que hace que su abuelo se regrese, pierda el equilibro y se vayan los dos directo al suelo. En New Orleans una hija va caminando con su mamá. La niña no deja de hablar, camina y camina, volteando con su mamá. Para de hablar cuando topa con un poste.

Con experiencia en juegos extremos durante varios años sin ninguna lesión, esta joven va a tomar una ducha, resbala en el baño y le deja una fractura múltiple en el brazo. Otra de la vida real: cierta persona está terminando de acicalarse para asistir a un compromiso. Se agacha a secarse los pies cuando escucha cómo le truena la espalda. Se queda trabado, sin poderse mover con un dolor fuerte. Como puede, se toma de los muebles para desplazarse hasta una silla. La siguiente semana no pudo acudir a su gimnasio a hacer sus habituales ejercicios de fuerza y flexibilidad.

Todo en silencio y a oscuras: Alguien cruza de una habitación a otra en su casa. Va medio dormido. Una fuerza extraña hace que se regrese con rapidez hacia atrás. Se toca en su mejilla algunos cuadros de la tela mosquitera que estaba cerrada. Observa la forma de su zapato dibujada en la malla. Retira la protección sin decir esta boca es mía, la lleva a un lugar donde no la descubra el resto de la familia. Espera a ser visto hasta que el cachete no tenga figuras adicionales. Otro parecido. Un marido va discutiendo con su hija que viene atrás de él. El señor lleva en la mano una camisa en su gancho y va volteando con la joven. Sigue caminando con la vista atrás, el gancho avienta la  tela de protección y e cae encima. A su hija de dura dos días la risa.

Ésta sucedió afuera de un hotel. La persona en turno, como es muy común hoy en día, caminaba mientras contestaba algún mensaje en su celular. A la mitad de la banqueta hay una cuneta que no percibió el susodicho y toda su larga humanidad se fue desplomando poco a poco, como en cámara lenta, hasta verse en el piso y luego a su móvil. Le dolió más descubrir los testigos cercanos que la propia caída. Se restablece en pocos segundos para recuperar su móvil y el resto de su dignidad.

En un afamado restaurante irrumpe un fuerte sonido que hace voltear a los comensales a la puerta. Es un hombre estampado en la puerta de cristal. Se despega rápido para entrar e ignorar las miradas y risas contenidas. Con disimulo se agarra la cabeza, como no queriendo la cosa. Tengo otros ejemplos, pero quiero terminar con el más reciente y singular. La mujer se va a maquillar: toma el delineador de ojos sin prender la luz y lleva el lápiz directo al globo ocular. Ahora sí prende la luz para verse en el espejo que le regresa un ojo rojo. Se vale opinar.

Deja tu comentario