Se quita polarizado

En un improvisado negocio del centro de Saltillo, vi un anuncio sobre una cartulina fosforescente “Se quita polarizado”. De inmediato pensé en mis tiempos mozos, cuando las personas ordenaban oscurecer los vidrios de sus autos, primero para evitar el calor y después para impedir miradas al interior de sus coches. Era una moda, un símbolo de status y se comentaba entre jóvenes los papás de quiénes ya tenían sus cristales ahumados.

Imagino que los quienes ofrecen este servicio se han disminuido sus comercios a su mínima expresión, ya que por la actual situación, la mayoría de las personas preferimos mostrar el interior de nuestros automóviles, dejando a la vista nuestras personas y pertenencias. Aunque nos sintamos vulnerables. Como me sucedió el pasado miércoles 12 de octubre en nuestra capital, que se vivieron horas de angustia. Me quedé incomunicada porque en el sitio en el cual estaba no hay radio, teléfono, ni televisión, y para colmo, el famoso blackberry no funcionaba de manera de cabal.

Le llamo a mi amiga Lydia para saber porqué no llegaba por mí, y me contesta espantada el anuncio de código rojo en diez puntos de la ciudad de Saltillo, que avisaron en la radio eviten en la medida de lo posible, salir de sus casas o lugares de trabajo, que mejor esperamos a la orden. Los enfrentamientos iniciaron desde las siete y media de la mañana en el norte de la ciudad, donde teníamos que ir a hacer varias diligencias. Hasta las doce nos animamos a circular por la carretera Los González, una de las vialidades de mayor circulación en nuestra capital. Estaba desierta, pasamos varias cuadras y sólo transitábamos nosotros, no había ni taxis. Cerraron los accesos a las carreteras. Se podía percibir el miedo, a todos los lugares que fuimos comentaban de los hechos. En una mueblería, la señora que nos atendía recibió una llamada de su hija que vive en España, se enteró por el Facebook que era cerca de la casa de su mamá y estaba asustada.

En esa zona hay varios colegios. En uno de ellos al cual íbamos, donde estudia Mariana la hija de Lydia nos comentaron que resguardaron a los niños durante varias horas. Mariana nos contó que los están en el segundo piso los mantuvieron trabajando en el edificio de abajo. Dijo que si se asustaron, que las detonaciones se escuchaban muy fuerte, las maestras les dijeron que lo que pasaba afuera no era de su incumbencia, que estaban seguros en el interior del instituto y que debían seguir con sus labores escolares cotidianas, así, en el piso. Dieron permiso de salir temprano.

A Lydia le llamó su hijo Luis estudiante de prepa en la UVM para que fuera por él para custodiarlo a su casa, siguiendo su coche. Era un caos vial. Esperamos media hora, entre llamadas de Luis de que ya voy llegando a la fila, y al final dice dieron la orden de no salir porque llegarían helicópteros en cualquier momento. También comentó que se escuchaba muy cerca y fuerte los disparos.  Media hora después les avisan que podían salir. Varias estaciones de radio daban información de los sitios de peligro y las rutas de acceso. En Torreón eso ya no sucede, se corre la voz a través de redes sociales.

Pensé en todos los padres de familia que deben dejar sus trabajos para ir por los hijos a la hora indicada, en los taxistas, en las señoras que trabajan en casas y no se pueden desplazar, en los niños y jóvenes que pierden clases, en los comercios.  En la ciudad paralizada. En el mundo que le estamos dejando a nuestros hijos. Quise borrar este presente como quien quita un polarizado.

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