Retazo de historia

Llegamos a la cita a la misma hora. Vi a Liz “la directora” y fui consciente que nuestro tiempo de juventud ha visto cientos de lunas, una tras otra, como un rápido pestañeo. Se trataba del recuentro de mis compañeros de generación del extinto ISCyTAC, una posada 25 años después de nuestra graduación. Amigos que desde hace 29 años compartimos muchas horas en el aula, en el cuarto oscuro de fotografía, en la cafetería, algunas clases en el Martin´s de Gómez, en fiestas y en diferentes casas.

Desde que Carmen me comentó de la reunión me gustó la idea de verlos de nuevo. De saber cómo están, qué hacen, cuántos hijos tienen, cómo tratan a la vida y viceversa. A Carmen le apodamos “La Camellita” y “La mamá de los pollitos”, porque tenía más experiencia y años que el resto del grupo. Con ella nos sentíamos arropados. Manejaba una vagoneta y como la mayoría no teníamos carro, nos daba un aventón a Torreón. Generalmente íbamos amontonados, haciendo bromas, con la felicidad a cuestas.

Cada cual fue tomando su camino. Solo unos siguieron frecuentándose. En lo personal después de trabajar unos meses me fui a radicar al Distrito Federal. Quizá en tres ocasiones durante todo ese tiempo fui a alguna reunión. En otros espacios vi por casualidad a varios de ellos. Me alegraba saludarlos, en pocos minutos nos poníamos al corriente de lo que habíamos hecho durante el tiempo que dejamos de vernos. Era inevitable cerrar la efímera conversación con un “a ver si nos juntamos”.

Cuando le comenté a Saúl Rosales que nos reuniríamos, contamos dos décadas y un lustro de que nos despidió como maestro, para mí uno de los mejores, junto con Juan Noé Fernández, Ángel Reyna y Jorge Torres, a quienes tengo la fortuna de conservar como amigos. A la posada sólo asistió Jorge y como en los viejos tiempos, nos hizo mucho reír, haciendo una mezcla de bromas de juventud y actuales. Por desgracia sólo pude estar poco tiempo, pero disfruté enormemente ver a Elva, Luis, Sergio, Claudio “El Gallo”, “La Camellita”, Diana, Jorge Torres, Emilio y los anfitriones Rocío y Juan Pablo, quienes ahora forman una familia con tres hijos. Después de esta reunión he recibido agradables detalles como la llamada de Diana para comentarme sobre la graduación de su hijo y sus apreciaciones sobre mi obra.

La Camellita sigue siendo la base aglutinadora del grupo. Gracias a ella pudimos vernos las caras no tan frescas, unas más felices que otras. Algunos recurrimos a inevitables ayuditas para ahuyentar la ausencia del color en el cabello, disimular un poco las sonrisas acumuladas en los ojos y cerca de la boca, (sin llegar al bisturí). También es notorio que la báscula nos da números diferentes a los de aquel tiempo. Descubrí que la mirada, la sonrisa y los gestos de todos era la misma que guardaba en mi memoria. Me encantó percibir que son mejores personas y que sus hijos son gente de bien, algunos ya se graduaron, como los de Liz, de Diana y de Claudio. No sé si la vida nos haya dejado ser los mismos, o si se borraron las huellas de aquellos jóvenes que galopábamos vertiginosos por un retazo de historia.

 

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