¿Quién está más loco?

No sé si seamos como un paisaje de la naturaleza o viceversa. Lo cierto es que somos diferentes en cada una de las estaciones de año, y claro, el contraste se acentúa de acuerdo a cuántas vueltas le hayamos dado a las primaveras. Mi amiga, Laura Villavicencio, quien vivió en Salamanca España, acudía en cada estación a retratar el Parque San Francisco para ver los cambios generados. Caminé con ella en dicho parque -es el más viejo del lugar-,  entre centenares de álamos que datan desde 1828. Decía que cada vez era desigual, ninguna estación era similar a la anterior. Su capacidad de observación es incomparable al de muchos de nosotros, que sólo apreciamos los cambios generales, sin prestar más atención a particularidades.

Recordé lo anterior porque en mi reciente viaje de Saltillo a Torreón aprecié un alegre colorido. Inicia con el ocotillo, llamado albarda en nuestra capital coahuilense. Es un conjunto de varas verdes coronadas por unas flores carmesí largas. En gran parte del norte de México se usa el ocotillo como cerca para delimitar propiedades. Es increíble verlos en diciembre verlos casi muertos y en cuanto empieza la primavera reviven así, sin más.

Liliana Felipe en su canción Las suculentas sabiamente nos comparte: “…Todos los que amamos a las suculentas/ nos acaloramos y ellas tan contentas/ no nos necesitan ni pa’ los mandados/ no prueban bocado/ lo soportan todo con resignación…/. Se referirá acaso a que en el norte de México llevamos casi dos años de sequía; que cada espécimen del semidesierto revive en primavera y nos regala una belleza superior a la de hermosos jardines. Imagina un jardín con ocotillos, árbol de mimbres, mezquites, anacahuitas y palmas. Todos ellos con un poco de cuidado, con cajetes y agua lucirían de lo más lindo. Igual que como está ahora de florida la carretera Saltillo Torreón.

Y claro que no nos necesitan ni pa’ los mandados. La sabiduría de nuestra flora nativa nos deja claro su perfecta conformación que le permite captar la más mínima cantidad de agua y conservarla en su interior durante largos periodos de sequía. Recuerdo el interior de un órgano: tiene unas fibras torcidas, como si fuese una larga soga. Gracias a esa constitución, cada hilo almacena agua que dosifica de acuerdo a lo dictado por el exterior. Siempre me ha admirado ver las cactáceas empeñadas en vivir entre rocas. Me enseñan su fuerza, su valentía y sus ganas de ser, sería interesante aprender un poco de ellas.

También me llama la atención otro ejemplo que tenemos en Torreón. En el puente del bulevar Revolución y Diagonal, justo frente a un negocio de renta de limosinas, hay un árbol aferrado en pleno asfalto del puente. Se trata de un álamo loco, y seguramente, si se necesita estarlo, para concebirse con sus condiciones. Quiero pensar en cuánta tierra pudiera haber en ese espacio, cuánta cantidad de agua pudo almacenarse, cómo llegó justo ahí la semilla, de qué tamaño son sus deseos de vida. A pesar de que sus troncos son delgados, se ven fuertes y tiene un espléndido ramaje, sobresale por lo menos un metro de la protección. ¿Para qué le pudiéramos ser útiles? ¿Esperaremos más señales de auxilio de nuestra naturaleza? Mi querido álamo loco: ¿Quién está más loco?

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