¿Puguagueña o chipugueña?

En mi familia de origen teníamos gatos como mascotas. Jamás hubo perros, lo que me cultivó cierta aversión a tener uno en casa. Ahora en la familia que formo, mi hija Jimena en sus primeros años de vida inició una incisiva campaña para tener un perrito, fueron dos años de largas insistencias, de pedirlo de una y mil formas. Luego se convirtió en una disyuntiva, entre un hermanito o un perro. Siguió su persistente solicitud hasta que decidimos mi esposo y yo comprarle un cachorro.

 

Ante mi falta de información del tema, recurrí a mi asesor canino, Chavol el hermano favorito de mi hija. Para esas fechas él vivía con nosotros en Saltillo y le pregunté cuál sería la raza más benevolente para convivir con una niña con mucha energía y poca delicadeza. Un día, cercano a la navidad, me dijo mi asesor que ya tenía cita para ver un pug, que son unos perros pacientes, tolerantes, de poca obediencia y que en su edad adulta no crecen mucho. Una tarde fuimos a verlos a una casa sarapera. Abrieron el portón y se asomó un hermoso perro tan chato como él, vigoroso e inquieto, me encantó. Chavol se rió de mí y me dijo que ese no era el cachorro, sino el padre. Entramos y cuando vi al pequeñísimo perro sentí que había nacido para pertenecer a mi familia. Cabía en una mano, y su mirada llamaba.

 

Oliver llegó en una caja envuelto como regalo de navidad, Jimena al abrirla cerca del pino pensó que Santa se lo mandaba. Fue la más feliz con ese fino perro. Dos años después en edad de merecer, llega a la vida de Oliver, Britney una inquieta pug para concretar su descendencia. Fue amor a primer ladrido, desde ese día ya no pudieron separarse. Después de seis camadas con hermosos perros y muchos pleitos caninos siguen lamiéndose sus tristezas y alegrías, tomando el sol, alegrándose con su dueña, quien los va a fastidiar todas las tardes. Han desaparecido poco a poco los dientes de los integrantes caninos de mi familia, sus movimientos son mucho más lentos, pero sus ojos siguen mandando señales cariñosas. Sabemos que ellos pueden percibir si la felicidad está lejana o nos abraza.

 

El gusto de tener una pareja de pugs la compartimos con unos amigos de Torreón. El perro macho de ellos es de los más finos y nos ofrecieron un cachorro de éste, sangre de su sangre, que está en Oaxaca, cuyo nombre coyuntural es Panchito. Hace ya un par de meses de dicho ofrecimiento, durante todo ese tiempo, Jimena hablaba con mi amiga cada tercer día ante la promesa de mandarlo en avión a Monterrey. Cada semana cambiaban las circunstancias, pero no la ilusión de ella.

 

Ante la ausencia de Panchito, me habla mi amiga para decirme que su fino perro tuvo un desliz y había una perrita disponible para Jimena, quien aceptó a ojo tapado. Mi amiga no conocía a la cachorrita, se la llevarían por la tarde y me pedía que fueran esa misma noche por ella, porque iba a viajar a la mañana siguiente. Recurrí de nuevo a mi asesor canino para pedirle que fuese el portador de ir por la esperanza de tener una nueva pug. Fue a la casa de mi amiga a Torreón y nosotros estábamos al pendiente desde Saltillo. Le pedí me mandara fotos tan pronto la tuviera, a mí me gustó y me emocionó. Cuando hablé con él me dijo que no me emocionara, que no era un espécimen como los pugs que siempre hemos tenido, que el padre si es finísimo, pero que también cuenta el gen materno, que unas personas le dijeron que su chihuahueño está muy bonito.

 

Se hizo larga la espera hasta que nos la llevó a Cloe a Torreón. Cuando la vi la primera vez me pareció muy tierna y simpática, no le importancia a lo que tenía en mente. La tomé con una sola mano y la vi directo a sus redonditos ojos, con la convicción que nos acompañará muchos años, igual que el Oliver y la Britney que nos han alegrado una década y 12 meses. Ella nos divierte con sus movimientos graciosos y despierta gran ternura en mi hija, sentido de ser responsable de otro ser vivo, se siente acompañada, tranquila y feliz. ¿A quién le importa si Cloe es una puguagueña o chipugueña?

 

Deja tu comentario