Por el bulevar de los sueños rotos

Un grande le canta a una grande: En el bulevar de los sueños rotos/ vive una dama de poncho rojo/ pelo de plata y carne morena/ Mestiza ardiente de lengua libre, / gata valiente de piel de tigre/ con voz de rayo de luna llena. Así escribió Joaquín Sabina el inicio de su canción dedicada a Chavela Vargas. Él fue uno de sus amigos que gracias a su fuerza y sencillez Chavela logró echarse a la bolsa. Otros fueron Juan Rulfo, Diego Rivera, Frida Kahlo, Agustín Lara, José Alfredo Jiménez, Carlos Fuentes, Cantinflas, Pablo Picasso, Elizabeth Taylor y Rock Hudson.

El desamor de la familia de la Vargas le formó su temperamento desgarrado y trasgresor en su natal Costa Rica. Sus padres se desentendieron de ella, dejándola al cuidado de unos tíos a quien la propia Chavela decía: “Dios los guarde en el infierno”. Era adolescente cuando huyó de su país para arroparse en la Ciudad de México e iniciarse como cantante entre bares y tequilas. Su aspecto desafiante llamaba la atención, al igual que su apasionada y áspera y voz.

Se apropió de tal manera de nuestro país que llegó a ser la más grande intérprete de la canción mexicana. Cantaba sola, acompañada de su guitarra y su voz grave, canciones propias de hombres sobre su deseo por las mujeres. Fue un personaje que luchaba día a día contra los esquemas tradicionales de la sociedad defeña. Era extraño verla vestida de hombre, fumar tabaco, beber tequila a diestra y siniestra, usar pistola y no separarse de su característico gabán rojo.

Las calles del DF fueron sus escenarios durante muchos años, recibiendo a cambio unas monedas de los transeúntes en turno. Fue hasta cumplidos los 30 que se hizo cantante profesional al lado del mismo José Alfredo Jiménez. Entre los años cincuenta hasta los setenta fue el apogeo de su carrera artística. Grabó más de 30 discos. Algunas de las películas que la hicieron más famosa fueron: Tacones lejanos, La flor de mi secreto, Carne trémula, Frida, Babel y Grito de piedra.

Chavela fue fiel a México hasta su muerte, aunque este país no le fue del todo correspondido, ya que debido a sus escándalos de alcohol y líos de faldas no le permitían actuar en televisión ni en teatros públicos, pero no le fueron necesarios. Sin embargo, España y Paris le abrieron las puertas con grandes honores, se presentó en la Sala Caracol  en 1993 y  en el famoso Teatro Olympia de Paris. También ofreció conciertos en Argentina y Estados Unidos, entre otros.

Sus locuras y excesos fueron noticia durante mucho tiempo, hasta que el tequila se convirtió en la parte central de su vida. Fueron 20 años dedicados en cuerpo y alma al alcohol, sin conciertos, ni aplausos. Se refugió en casa de quien fuese su empleada. De acuerdo a la misma Chavela, fueron 45 mil litros de tequila que le metió al cuerpo durante esas dos décadas de oscurantismo. Hasta 1990 despertó para regresar poco a poco a los escenarios. En esa época de su resucitación tuve la oportunidad de escucharla en El Hábito, en la Ciudad de México. De ese sitio la rescató el cineasta español Pedro Almodóvar para darle un segundo aire exitoso al presentarse en diferentes países.

Chavela Vargas fue multipremiada y recibió numerosos homenajes en vida por varios países. Sus últimos años los vivió en Tepoztlán, Morelos, a las faldas del cerro del Tepozteco, con el cual platicaba  diario. Su salud se agravó después de un viaje por España, regresó a México porque era su voluntad morir de manera natural en este país que tanto quiso. El  pasado cinco de agosto muere su cuerpo a los 93 años. Bellas Artes la recibe por última ocasión.

Fuerte, auténtica, intensa, libre, valiente, irónica e irreverente fue un emblema para nuestro país. ¿Qué importa sus amoríos con la Friducha y muchas más? ¿Qué costarricense ahora la puede culpar por no abrazar los oficios domésticos en vez de abrir su vida al canto? Regreso al maestro Sabina: Por el bulevar de los sueños rotos/ moja una lágrima antiguas fotos/ y una canción se burla del miedo. / Las amarguras no son amargas/ cuando las canta Chavela Vargas/y las escribe un tal José Alfredo.

 

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