Otro septiembre sin Patricio

Dicen que de amor nadie muere, pero Patricio hasta para eso fue la excepción a la regla. Cuando era  niño su papá le taladraba: “pa que estudia, si el que nace pa maceta del corredor no pasa”, “los hombres no lloran”, “aquí nacimos y aquí nos vamos a morir”, “los hombres no cocinan, eso es de viejas” y sabrá que otros mitos le fabricaba a su hijo anhelante de abrazar la luna, los libros, los amores y demás sueños. Pero Patricio “El Pato”, sólo escuchaba su deseo de ser mejor persona, buen estudiante, excelente trabajador, hijo, hermano y amigo. Fue todo eso y más.

Maestro del sarcasmo, del albur, de las negociaciones entre compañeros campesinos, de la decoración, del debate, de la conversación y de los placeres de la mesa. Con él reforcé el aprendizaje de hacer de la cocina un verdadero arte efímero. Cuando vivíamos en la Ciudad de México, nos íbamos temprano al Mercado Sonora y era una verdadera fiesta ver las frutas, vegetales, carnes y flores frescas. Pasábamos curiosos a ver los búhos, víboras y demás animales vivos para todo tipo de males y de bienes  anunciados por las marchantas.

Me explicaba con paciencia cuál era el ingrediente perfecto para cada platillo, pensaba en la combinación de colores, como si fuese a pintar una obra de arte, y sí lo era, porque ha perdurado en nuestras mentes después de tantas lunas sin él. Aún no he probado una sopa de almejas o de hongos, como la que Patricio de la O cocinaba a fuego lento. El otrora Secretario General de la Confederación Nacional Campesina, Hugo Andrés Araujo De la Torre, lo declaró cocinero oficial de la CNC, lo cual alegró a los amigos cercanos, pues esperábamos con ansia las reuniones acompañadas de las delicatessen que ofrecía Patricio con todo y el alma. Los desayunos dominicales en su “depa” son material para rememorar. Cuidaba cada detalle, el mantel impecable, la loza, los colores contrastantes y las flores, mirando a la estridente avenida Reforma, nos alegraban con sus olores.

Era fácil contagiarse de su sentido de la decoración, con él aprendí a crear una agradable composición para las obras de arte valiosas, y las no tanto. Creo que Patricio siempre pensaba en los colores: en la comida, en los cuadros, en la vida, en las paredes, en los perros, en la risa de sus amigos. Hombre de convicciones y firmezas. Un día decidió beber y beber. Otro, así, sin más, determinó olvidarse de toda clase de vinos, que fueron su segundo amor. Pero el verdadero querer de Patricio de la O era el apego a su pareja, aspecto en la cual no fue afortunado, su gran pasión no lograba ser valorada, él daba todo y recibía migajas.

“El Pato” salió de luna de miel a la playa con su amor. Puso en su maleta toda la ilusión de un joven enamorado, su pareja sólo echó el deseo de disfrutar el mar y vivir su juventud real. Su musa, tocó las nubes sin él. Patricio decidió volcar su tristeza en unas botellas y botellas de vinos, alcoholes, tequilas y demás. Nos llama su querer desde Puerto Vallarta, no podía llevárselo así, víctima del desamor, con el dolor en las entrañas. Patricio vuelve a la selva de asfalto, con el corazón reventado, ya casi sin ser él. El calendario estaba en septiembre. Escogió un mes como este, para hundir su pena, para desgarrarse, para gritarnos lo mucho que nos quería. Es inaudito concebir cuanto alcohol logró anidar, hasta satisfacer su última sentencia: morir de amor.

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