Niñas otra vez

Poco a poco va cambiando la vegetación, las áreas verdes son más pobladas. La lluvia nos toma a medio camino y nos acompaña hasta llegar. Seguimos cantando las mujeres en  tan anhelada expedición. Los álamos centenarios con sus enormes troncos dibujan miles de figuras sobre sus cortezas que resaltan con la cal. Está más sombreado. Siguen más y más curvas. Aparecen las filas de las parras, identificada cada una de las hileras, el viñedo figura entre los más antiguos de América latina. Adelante está el complejo vinatero que ha ganado fama y prestigio. Una señora vende preciosas artesanías que ella misma elabora, canastas de tejido y simpáticos adornos de tul para cubrir los alimentos. El kiosco, la capilla, el museo, la vendimia y “la casa grande” son el conjunto de la Hacienda San Lorenzo.

Releo la dirección de la casa que nos prestaron, no damos con las señas, preguntamos a unos jóvenes, quienes, dudosos, nos mandan al sentido contrario. Luego acudimos a un taxista, que suponemos “debe saber”, pero no sabe. Los árboles y el pueblo lucen muy limpios y frescos gracias a San Pedro. Luego de varias vueltas por el mismo lugar, nos late que ese es el rancho. Nos recibe el vigilante amistoso, con esa mirada de quien no lleva prisas ni apuros a cuestas. “Si quieren ir al lago, ahí está adelante,” nos dice y su sonrisa se hace más grande.

Gritamos a la vez, extasiadas de la inmensidad del rancho, de la alfombra de nueces verdes, de los hongos, del lago. Los caminos se bifurcan, cada quien grita cuál lado quiere escoger. Seguimos, contentas, nuestro asombro crece cada vez más, la imaginación individual corre para saber cómo será la casa, cuál lugar escogerá cada quien para poner los sueños, continúa la división de los senderos, seleccionamos el de mayor votación. Se acaba la terracería y sólo hay tierra, empantanada, el carro se patina y no obedece el volante, estamos entre el bosque, casi escuchamos el corazón vecino. Veo las caras espantadas de mi hermana Lulú, de Tabata mi prima, de Jimena mi hija y de mi sobrina Mariana. Tabata propone caminar para ver qué se vislumbra adelante. Sale del carro con las niñas, descalzas, entre el lodo. Mariana camina como si fuese sobre una cuerda floja, concentrada en no caer. Vemos a Jimena de regreso con los ojos desorbitados, quien exclama: “allá hay mucha gente muerta”, queremos no oír. Nos repite, “De verdad, hay mucha gente muerta”, no dejamos de verla. “Si, allá está el panteón”, nos dice.

Por fin, llega el guardia, en su bici, sereno y sonriente. “ No pensé que se fueran a venir hasta acá, ya se metieron bien pa’ adentro, era lo-lueguito. Miren, ya nomás denle pa’ acá y luego más adelante pa’ allá y ya.”, nos dice.  Gritamos a coro que no se vaya, que nos guíe. Le insistimos en que lo seguimos y eso hacemos. Vamos lento en el carro-patín, el señor de reojo nos sonríe y así va todo el trayecto. La lluvia nos cubre, queremos acortar el camino. Siguen las risas y emociones. Vemos de regreso el lago y llegamos a la entrada, ahí es la casa. Corremos rápido a conocerla, estamos observadas todo el tiempo por lo que fueron un venado, un lobo y  un pavo.

Vamos a dar una vuelta nocturna y a comprar algunas provisiones. Parras de la Fuente, Coahuila está de festín, hay graduaciones y está su feria. La Fiesta de la Vendimia recuerda la manera de hacer el vino en la antigüedad, celebrada cada 10 de agosto para bendecir la cosecha, la historia de este ritual bien vale ser contada en un relato individual.

Las jóvenes andan con sus vestidos largos, muy maquilladas, comprando en las cadenas de pequeñas tiendas departamentales. Regresamos a la casa, merendamos y nos divertimos con “juegos de mesa” que hacen decir lo que no usualmente no se debe hacer.

En la mañana nos paseamos a caballo y nos llevan a conocer la extensión del rancho. Más tarde, vamos al centro, nos tomamos fotos de tres en tres dentro de un enorme pantalón de mezclilla. Compramos campechanas, dulces, pantalones. Al atardecer admiramos el maravilloso espectáculo de los murciélagos, no damos crédito de cuántos son, de la gran sombra que forman encima de nosotros. El lago nos espera para nosotras solitas. Se siente paz en Parras, con sus nubes blancas, el aire abierto, buscando compañía, el olor a nogales se extiende, como cuando sacudes un mantel multicolor. Corremos, nos paseamos en las bicicletas, somos felices, somos inocentes, y nos sentimos niñas otra vez.

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