Nada burro

Cuando llegamos a la casa donde vivimos actualmente mi familia y yo, había en la banqueta un ficus bien muerto. Al igual que muchos hogares laguneros, ese árbol fue uno de los numerosos que se secaron con la helada del cuatro de febrero. En realidad lo que fue árbol ya estaba bien muerto, pero se resistía a “entregar el equipo”. Tenía bajo la corteza gran cantidad de áreas negras, cuando toqué una parte no podía borrarme el color tan intenso de las manos.

Después de tres meses de agonía, vimos Salvador mi esposo y yo que el ficus ya no estaba con nosotros en mente ni en espíritu. Esa misma tarde, contratamos a dos jóvenes que tienen un “equipo burril” que nos auxilia para retirar el escombro generado por la remodelación de la casa donde vivimos. Ni tarde ni perezoso, llegó el equipo al llamado de la clave que dispuso en la reja el jefe de la obra: Coloca una botella de plástico vacío en la reja de la casa para indicar que hay material para llevar.

Estábamos comiendo cuando vimos desde la ventana el arribo de los dos chavos del  carrito de mulas estirado por un burro.  Empezaron a escarbar la tierra del cajete del difunto ficus. Se montaron sobre el cadáver para aflojar sus raíces, pues se negaba a salir del lugar que le dio alojo algunos años. Después lo amarraron al burro y lo empezaron a jalar para obligar al mentado ficus muerto a salir. Se me empezó a atorar la comida al ver tal escena. Salió mi esposo en auxilio del burro y les propuso amarrar de la defensa de su camioneta 4×4 para darle una salida digna a ese muerto empedernido.

El extinto salió en menos que canta un gallo. Nos pusimos todos contentos con burro incluido. El muerto al pozo y el vivo al gozo, pensé, mientras imaginaba en la belleza de un mezquite extranjero. Siempre me han atraído estos ejemplares con sus bellas flores amarillas y su ramaje hacia abajo, como el del sauce llorón. Le dije a mi marido que ya sabía de dónde podíamos traernos un bello espécimen de mi anhelado mezquite extranjero. Fuimos a mostrarle el sitio, yo estaba orgullosa de mi brillante descubrimiento. Él lo miró y me preguntó sin ninguna mueca: ¿Sabes lo que significa sacar ese mezquite y llevarlo a tu casa? Mi silencio espero su respuesta: ¡Es casi lo mismo que mover la Torre Latinoamericana a la Alameda del DF! Exageró para hacerme un poco consciente de mi maravillosa idea.

Insistí que por supuesto se puede. Mario Valdés Berlanga nos contó que un viaje a San Petesburgo, mientras dormían una noche, movieron algunos metros varios edificios para ampliar la vialidad. También un ingeniero civil comentó que en Guadalajara trasladaron una iglesia para permitir la continuación de una vialidad. En Torreón, incluso, hay personas que proponen girar el monumental Teatro Isauro Martínez para que quede frente a la Gran Plaza y a la Presidencia Municipal. De que se puede, se puede… nada más que cuesta algunos millones.

Siguió en acción la segunda parte del equipo burril. Podíamos disponer de un par de árboles más dentro de la casa. Así que ellos serían los encargados de hacer los pozos trasladar las tierras muertas-vivas-nuevas. Al termino de sudar la gota gorda me hacen el recuento de los daños, lo que me hace concluir porqué la gente no planta nuevos árboles, no es nada barato. Alojamos dos mezquites Prosopis chilensis y un neen Azadirachta indica, llamado en Asia el árbol de la farmacia del pueblo porque es gratuito y cura un sinnúmero de enfermedades.

Los jóvenes dejaron al burro estacionado en la banqueta. Éste nada burro, ante su dieta auto medicada por su equipo-jefe, se acerca con discreción al brote del cajete y saborea mi bellísimo e incipiente mezquite. Con una mordida se tragó medio año de esta maravillosa especie botánica nativa. Gracias a dicha poda burril, ese mezquite está mucho más alto que su primo, el segundo mezquite. La naturaleza no se equivoca.

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