Martín Maravillas was here

La mañana del pasado viernes mi mamá me aventó de golpe la noticia: “Se murió Martín  Maravillas”. Vi correr cientos de imágenes de él, desde que yo era niña. Lo recordé en la vieja tienda de mi mamá, platicando con ella sobre sus grandes conquistas amorosas. Orgulloso me mostraba sus tarjetas postales con diferentes fotos de la región lagunera. Me esperaba que regresara de la primaria y casi siempre usaba sus mismas palabras: “Flaca, te estoy esperando para que me escribas unas cartas, tú tienes bonita letra. La de mi tía está muy fea, no se le entiende”.

Cada vez, eran por lo menos unas tres postales en las que vaciaba todo lo que me dictaba. Estaba atento de cada letra, con la atención de un filatelista viendo la originalidad de los timbres. Movía la cabeza para ambos lados, quizá imaginando que estaban bien todas esas líneas y formas juntas.  Me decía los destinatarios y comentaba que lo dejara sin dirección. “No le pongas nada ahí, porque yo mismo se las voy a llevar. Voy a ver cuál cae primero. Las tres están guapas, a ver cuál es la suertudota de quedarse con esta guapura”.

Martín Maravillas era un personaje de Matamoros, Coahuila. De esos que la gente juzga como locos.  Que son sanos, son buenos,  forman parte del folclor de los pueblos y viven de las dádivas de los habitantes. Parecía como si el primo estuviera en un mundo distinto al nuestro. Cada día se ponía un antídoto contra la modestia. Tenía una fijación y sobre esa encaminaba su vida. En un artículo anterior me referí a este singular pariente que la vida me prestó. Escribí que de niño sufrió un accidente y don Rogelio Ayup Sifuentes acudió en su auxilio para llevarlo a recibir atención médica. Desde ese día Martín decidió que esa persona era su papá y a partir de ese día se convirtió en Martín Maravillas Ayup. Así. Sin más.

La música era otra de sus pasiones. Soñaba con que llegara el fin de semana para envolverse entre las notas musicales de la Quinta clave, todos esos conjuntos que alegraban a los matamorenses en grandes bailes. Se presentaba temprano a ayudar a acomodar el mobiliario, esa actividad le representaba su principal fuente de ingresos. Su mayor ilusión era platicar con los integrantes del grupo musical en turno. Uno de ellos le regaló un güiro que mostraba presuntuoso a diestra y siniestra. Lo rascaba con el costado de uno de sus numerosos peines. Guardaba ese instrumento musical como oro en paño.

De repente se paseaba pavoneándose entre las calles del centro de Matamoros con espectaculares sacos o chamarras de Barrio colombiano. Deseaba que le preguntaran ¿de dónde?, para soltar la presunción imperante. Sonreía engreído, presumiendo su cercanía con esos ídolos de su mente y de su corazón. Lo vi por última vez hace un par de semanas en la tienda de mi mamá. Era el mismo que tenía en mi memoria infantil: su desfile de plumas y peines multicolores en la bolsa de su camisa, una cachucha, el entrecejo fruncido, la mirada apretada al infinito y una gran sonrisa. Sólo me dijo: “Flaca, ¿cómo estás flaca?, tengo prisa, ya me voy”. Mire extrañada a mi mamá, y le comenté que no me echó el acostumbrado piropo: “Estás más flaca, flaca, píchame una soda.”

No hay un expediente sobre la muerte de Martín Maravillas ni una versión oficial de cómo fue agredido. Unos dicen que lo golpearon brutalmente y le estallaron los órganos internos. Otros dicen que un envalentonado se hizo el gracioso, lo asustó con su camioneta y la broma terminó con la vida del primo. Martín was here. La música se hizo presente en su duelo, en la despedida del loco más enamorado o del enamorado más loco de nuestro Matamoros.

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