Made in Matamoros – Parte II

En la primera parte de este relato me referí a la visión de una amiga española que percibe magia en los escenarios naturales de un mercado en Matamoros, Coahuila. Con esa perspectiva describí el agua gaseosa de ese poblado, evocador de muchos recuerdos de mi niñez y juventud. Contaré ahora sobre “la nieve de don Panchito”, otra de las tradiciones gastronómicas matamorenses.

Francisco Varela Alcalá era un hombre moreno, redondito, con lentes también redonditos y un sombrero que llegué a pensar estaba pegado a su cabello, pues siempre lo vi con él puesto. Lo recuerdo con camisa blanca, montado en su triciclo que custodiaba la nieve. Al triciclo amarillo le acondicionó de manera sencilla una sombra protectora para la nieve y por supuesto, para don Panchito. Frente a él dispuso una vitrina de vidrio en la cual ponía como en un desfile los conos y canastillas de harina que él mismo preparaba. También colocaba ahí las servilletas y las cucharitas. En la plataforma del triciclo disponía de dos grandes garrafas de tal manera que fueran firmes para aguantar el turno de hasta siete o más horas.

El elemento de distinción de su bicicleta era una corneta. Con ésta anunciaba su cercanía, para dar tiempo que en especial los niños negociaran con sus papás la compra de la famosa nieve. Coincidía la “pasada” de don Panchito cuando los niños salían de sus casas armados con dinero en mano. La habilidad de dedicarse al ramo durante más de cinco décadas lo llevó a trabajar por turnos. En las mañanas circulaba por las calles del centro y del mercado y por las tardes atendía las cuadras alejadas, para rematar con otra visita vespertina al mercado.

Recuerdo la devoción de mi tía Martha Mena hacia la virgen del Refugio. Cada año hacía un rosario e invitaba a mi familia paterna a acompañarla. Siempre íbamos. Al final del rosario nos compensaba con unos roscos de harina integral en forma de rombos, un chocolate o champurrado, y  mi mayor aliento: una nieve. Nos sentaba en la sala de su casa y cuando era momento de compartir la merienda me apuraba a ayudar a mi tía, porque generalmente, me ofrecía doble helado que mi educación no permitía rechazar.

Don Panchito le dio formación profesional a sus 10 hijos, quienes se dedican a laborar en su especialidad. Comenta su hijo Rubén Varela que siempre les decía que estudiaran para que no fueran burros como él. Les inculcó ser gente de bien y respetar a sus semejantes.  Por fortuna para los matamorenses y sus visitantes, don Panchito heredó a sus nietos la tradición de esa rica nieve.

Ahora ya no es un solo triciclo, varios de sus herederos transitan en Matamoros en busca de endulzar momentos. El 19 de enero de 2001 el cielo hizo lo que debía de hacer: mandó una nevada para despedir a don Panchito. Sólo en el panteón municipal nevó. Cuando abrieron el féretro, la nieve cayó sobre el cristal. Quizá se fue más feliz.

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