Made in Matamoros – Parte I

Supe que mi pueblo tiene magia gracias a una amiga española. Hace algunos años vino a visitar a mis padres a Matamoros, Coahuila. La llevé al mercado, donde mis papás tienen una mercería. Estábamos tomando un agua gaseosa al momento que pasa frente a nosotros un burro con su carga.  Me hice la disimulada, platicando con la persona que nos atendía.  Vi la cara de mi amiga muy contenta mientras admiraba al carro de mulas con burro, conductor ensombrerado y su respectivo perro. No despegaba los ojos de esa imagen caminante.

Me dijo que lo que observaba es arte. Hurgué en mi mente: ¿cómo va a ser arte  un burro?,  ¿qué tiene de extraordinario? Al ver mi cara de escepticismo, me dijo que nosotros los mexicanos no vemos la magia porque estamos dentro de ella, pero que el burro, los puestos del mercado, las señoras que  compran la carne, el amaestrador del canario que elige la suerte en un papel, y los marchantes verduleros, están llenos de arte. Tardé en asimilar sus palabras. Para mí el mercado era el sitio de paso obligado en mi  niñez, donde redoblada el paso en las carnicerías para evadir de tajo el olor de puercos y reses, no me detenía en pensar si hubiese en ese pasaje un lado positivo: sólo era el mercado.

Con esta visión de mi amiga, describiré lo que los matamorenses llamamos “El agua de con don Beto”. Desde niña recuerdo el local que nos daba tanta felicidad, no recuerdo si me parecía pequeño o no, sólo que tomarnos un agua ahí era una distracción y un regalo. Desde hace más de cuatro décadas, don Beto inició un negocio de aguas gaseosas que ha tenido mucho éxito. Desde que tengo memoria, su negocio está sobre la Calle Cuauhtémoc, es la principal, por la que entras al municipio.

El puesto era el primero de los centrales. Al lado derecho había una tienda y enseguida de ésta yo vivía con mi familia, en el mero centro. Muchas veces prefería no gastar lo que me daban para comprar en el recreo y lo guardaba para la salida. Antes de llegar a mi casa, compraba mi “agua de con don Beto”, desde entonces pido lo mismo: celis con limón (si mi hija leyera esta idea, dijera que soy “animal de costumbres”, por aquello de las tradiciones arraigadas). Desde entonces me gustaba ver cuando le exprimían el limón frente a mí. Ya cuando es mío el celis, lo que más me gusta es escuchar el golpe de la sal sobre la bebida, y cómo se pelean el agua y la sal por ocupar el mismo espacio-tiempo.

Me sentaba en las sillas periqueras viendo hacia el interior del local. Estar ahí sola me hacía sentir libre y grande. Tenía en mi mochila dinero suficiente para pagar. Observaba quienes llegaban a tomar su agua de raíz, que es la más famosa, también pedían de limón, de durazno, manzana o cereza. Es un puesto modesto que vende también botanitas como papas, pistaches, chicarrones, charales y camarones secos con salsa.

Dice mi padre Jaime Ayup Sifuentes que él va con Edilberto Bautista Tonche, el nombre completo de don Beto, desde hace más de 40 años. Imagino cuántas generaciones hemos pasado por ahí, dejamos retazos de nuestras vidas y heredamos la tradición a nuestros hijos. Que vayan a disfrutar su agua gaseosa favorita, a pasar un momento agradable. He sabido de algunas personas de Torreón que van a Matamoros sólo para disfrutar de estas deliciosas bebidas. Cuando estés mi pueblo, no dejes de visitar este puesto, pregúntale a cualquier persona dónde es. Por favor, brindas a mi salud. La próxima semana les contaré sobre la “nieve de don Panchito”, también  made in Matamoros.

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