Lo que fue

Muchas veces quiero ser prudente y discreta, me programo para serlo, pero un instinto superior me acecha, empequeñece mis traicionados propósitos, diría mi marido por la naturaleza de mi sexo, que nos conduce a ser comunicativas en extremo. Una de esas extrañas ocasiones que mi lengua desobedeció al cerebro fue hace un tiempo, mientras escuchaba a un gran  amigo sobre sus planes personales. Me hablaba de sus proyecciones profesionales, de sus viajes futuros y de los planos de la construcción de su casa.

Estaba entusiasmado. Lo escuché con atención y cuando cerró cada uno de los temas lo felicité, realmente me da gusto que a las personas que quiero les sonría la vida. Me alegré y me dijo que mi cara quería preguntar lo que mi boca no se atrevía. Sin duda me conoce bien, sabe de mis espontáneas expresiones y lo difícil que me resulta permanecer ecuánime ante mis interlocutores. Después de pensar tres segundos, le dije que tenía casi todos los eslabones cubiertos y felices, que no sabía por qué seguía soltero a sus 35 años, después de cinco de noviazgo. Me dijo sin más: “porque en realidad tengo todo como si fuera casado, pero sin los compromisos de estarlo”.

En nuestros días eso resulta demasiado común. Los profesionistas a temprana edad hacen su maestría, se desarrollan profesionalmente, viajan, hacen su vida, pero bajo el techo de la casa paterna. La idea del matrimonio no figura en sus planes inmediatos, cada vez escucho a amigos con hijos de más de 30, que no se quieren salir de su morada, mucho menos para casarse. Hace unas semanas asistí con mi esposo a una boda de unos amigos en Torreón, para variar, los novios no se distinguían por estar en su primera juventud.

Al respecto, le pregunté a Toño Hernández fotógrafo de Chic de La Opinión Milenio Laguna sobre las bodas actuales. Él junto con Enrique Navarrete cubren gran parte de los enlaces comarcanos más Chics (como diría Emilú Cazares, directora de dicho suplemento social). Le cuestionaba a Toño si había matrimonios de más jóvenes, nos comentó que no, que era extraño ver novios veintones a quienes sus padres se hicieran cargo de la boda, que en su mayoría se conforman de más de treinta, y son los propios contrayentes los encargados de la organización de la boda, más no de los dineros.

Esta mañana unas amigas cuyas edades forman tres brechas generacionales, hacían referencia también a estos nuevos matrimonios. Argumentaban que ahora las mujeres exigen su individualidad, sus derechos, sus libertades, tiempo para ellas y sus amistades, pero sin un compromiso con sus parejas. Fincan una relación como el azadón, con la mano extendida, sin ser corresponsables. Una de ellas estaba indignada porque fue a la casa de su hijo a un almuerzo y su nuera no salió por lo menos a saludar, porque acostumbra dormir hasta tarde los domingos.

Es cierto que los tiempos cambian, que es difícil ver ahora nueras como lo fue mi mamá, quien regaló muchas días para cuidar a mi abuela paterna. Lo indudable es que sin decir una sola palabra, mi madre nos enseñó a mis hermanos y a mí el sentido la solidaridad y del respeto para los demás. Nada se vuelve hacía lo que fue: ni las mujeres, ni los hombres, ni los niños. Nos envolvemos en la vorágine del día a día, del trabajo, los deberes dentro y fuera de casa, los compromisos y ahora hasta los demandantes teléfonos móviles y redes sociales. Pensemos en el rescate de lo que fue.

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