Las letras chiquitas

En  estricto apego a mi ego sobrealimentado recientemente, decidí comprarme un nuevo ajuar, nunca antes presente en mi armario. Acaricié el sueño, acudí al: ¿me lo merezco? y sin esperar más respuesta apronté el plástico rectangular. “Me rechazó la tarjeta”, apuntaló la señorita con mirada acusadora. Le comenté que seguramente el error era debido a su terminal puesto que mi adeudo es muy bajo.

“Si me autoriza la vuelvo a pasar”, eso hace con el mismo resultado. Salgo pensando qué rayos pasa. Más tarde reviso el estado de cuenta y corroboro un saldo de 120 pesos. Sigo creyendo que es problema de la boutique. Luego intento pagar en otros dos establecimientos con la respuesta anterior. En el banco me afirman bloquearon la tarjeta debido a que no se pagaron diez pesos del corte anterior. Me resulta difícil de creer y pregunto por los criterios, argumento además que presento un saldo a favor considerable. “El depósito se registró después del corte, por eso se le bloqueó” me dice la mujer con el típico tono maternal de “para que aprendas”. Cuestiono y cuestiono las políticas bancarias fuera de la realidad. La voz contesta igual, que viene en el contrato firmado por mí. Salgo endiablada.

En esta misma semana me cortan el servicio de mi teléfono celular. Escarbo para saber qué sucede sin resultado. En un número de la compañía telefónica una voz afirma que me suspendieron la línea porque no he pagado una banda ancha a mi nombre. Estallo para preguntarle cuáles son sus criterios. En retahíla argumento: llevo cinco años con mi plan tarifario, jamás me he retrasado en los pagos, está referenciada a mi tarjeta de crédito y el saldo del teléfono es superior en 300 por ciento a la banda ancha; sin embargo no retiran este servicio y en cambio el de mi teléfono sí. La lógica es que si yo no pago un servicio, debe suspenderse ese, no el que tiene un historial limpio, le sigo argumentando a la voz recriminatoria. “Esa es la política del contrato que usted firmó, no hay nada que yo pueda hacer por usted”. Ambas subimos la voz montadas en nuestros machos y cada quien se queda con su verdad. Reactivan mi móvil hasta que les dio su reverenda gana, tres días después.

Tengo otro viacrucis más patético. A mi esposo le otorgaron una tarjeta de crédito sin su autorización, como “un premio por su impecable historial”. La usó un par de años con un interés altísimo y un servicio pésimo, pero se aguantó porque la necesitaba. Empecé a hacer campaña con mi esposo para cancelarla y cuando éste cedió, inició el martirio. Cubrimos el saldo y creíamos ya no estaría más con nosotros esa tarjeta. Al siguiente mes llega el estado de cuenta con cobros de la tarjeta adicional la cual habíamos destruido. Alegaron que era un cargo sistemático y mientras averiguaban seguíamos pagando y pagando por cargos indebidos con tal de cancelar de una vez por todas. Presenté mi denuncia ante la Condusef, me apoyé de una abogada y seguimos pagando al banco sus errores. Tuve que aguantar hasta al final porque el tema ya era casi motivo de divorcio. Durante once meses recibí con rabia la correspondencia de Santander que continuaba con saldo negativo. Hasta el primer aniversario de pedir la cancelación la recibo. Ya pude gritarles en paz que su banco es una estafa y me desligo para siempre.

¿Quién establece estos criterios tan alejados de la realidad, del sentido común y de la operatividad de cada empresa o institución bancaria? ¿Habrá otros países con historias similares? ¿Hay mexicanos que leen los contratos de los servicios? Aguas con las letras chiquitas de lo que firmamos.

Pd. Cuando terminé de escribir me llama mi cuñada para avisarme recibió una llamada de Telcel para reportar una línea a mi nombre con un adeudo de cuatro mil pesos. Desconozco el número ni cómo dieron con el teléfono de ella. Empiezo a pensar que existe el móvilkarma y creditkarma.

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