Las dos neuronas

Me suele pasar que los primeros días de cada año escribo de manera involuntaria el año anterior. Intento pensar en el primer relato del 2019. ¿Qué tema elegir para abrir este nuevo episodio? Mis dos neuronas se enfrentan, se miran, sin nada qué decir, solo agradecen el despertar de un inicio diferente. Ahora saben que no es tan vital enlistar los propósitos cada diciembre, porque la vida se hace a diario y es absolutamente impredecible el mañana.

          Nunca me había detenido a agradecerles que me acompañen siempre y que estén atentas a pensar, a crear y entender situaciones. Nacieron conmigo, al igual que el resto de mi cuerpo, funcional, completo y absolutamente imperfecto. Me han regalado su esfuerzo, constancia y disciplina, dando lo mejor de sí por si no germinara otro día.

          Le llaman la máquina perfecta al cuerpo humano, cuyo conjunto de elementos tiene un proceso es inmejorable. Te advierte cuando algo no está bien en él, desde sentir una astilla en el dedo, un pequeño mareo o señales de cuando se avizora una enfermedad mayor.

          Hasta que escuché esta idea en una meditación fui consciente de mi ingratitud hacia el vehículo que me ha portado desde el vientre materno, jamás había valorado ni reconocido a mi cuerpo. Lo asumí como una obligación, como algo que no podría ser de otra manera. En una relación quizá de superioridad, de esclavitud como un secreto a voces, en la que no hay elección, solo se asume cada rol sin palabras ni contrato.

          Admitir esa realidad me sacudió y sentí pena por mi inconsciencia y descuido. Confieso que, aunque no lo hago a diario, reconozco y consiento a todo mi cuerpo, que me da mucho más de lo que pido, aunque a veces se enferme, se vuelva obstinado o perezoso. Pero sería ingrato de no alabar cada célula de mi cuerpo, cada órgano y miembro que van conmigo en todo momento.

          Nunca deja de sorprenderme su apoyo, como hoy que me dictó cada palabra de este relato. Las dos neuronas pusieron a jalar los dedos de la mano para tocar la tecla precisa, como cuando aprendieron en el taller de taquimecanografía de la secundaria.

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