La vida en un puño

Escribió su primer ensayo contra el imperialismo yanqui a los doce años. A partir de entonces, ya nadie paró su genialidad desbordada. A los diecinueve, anunció a sus padres que los dejaría. Cambió una hermosa residencia por un lugar humilde donde poner los sueños; dejó las comodidades de su clase social para labrase un destino propio, con sus manos e ideología. Llevaba en su maleta la firme convicción de servir al pueblo y una nutrida dotación de “libros rojos”; por supuesto El Capital de Karl Marx, las Obras Escogidas de Mao Tse Tung y su desde entonces querido Pedro Páramo de Juan Rulfo.

Es un ser humano privilegiado, un hombre pleno, con todo y más a su disposición: salud, una inteligencia prodigiosa, amor familiar, una formación académica muy sólida, buenas amistades y la mirada anclada en mañanas justas y felices. Los anteriores son algunas de las fortunas que rodean a Adolfo Orive Bellinger. El presidente del Partido del Trabajo del Distrito Federal tiene la sencillez de levantar la taza donde bebió café. Desde hace cuatro décadas tiene incrustada en las venas y neuronas la necesidad de transformar la realidad económica, política y social de México.

Orive busca lo fino de las emociones y las regresa en expresiones sutiles, como filigrana. Realiza su labor en cuerpo, alma y espíritu. Trabaja por amor a los demás como un regalo de vida, como una forma de afianzarse a la libertad, de abrir el mundo, de estimularse. Lo escuché hablar sobre su proyecto en una charla informal en un restaurante local. Al terminar, pidió al mesero la sección deportiva del periódico. “No me traiga la política, ni otra, sólo la deportiva”, le afirmó. El resto de los comensales nos vimos extrañados y sonreímos. “Quiero saber quién ganó en el americano para tener tema de conversación con mi hijo”, nos comentó.

Puede inundarle la misma pasión al tema político que al musical. Como es de imaginarse, le atrae en particular la música culta. Lo observé deleitarse con un par de conocedoras del tema. Le brillaban lo ojos al hablar del ruso Dimitri Shostakovich y sus sinfonías quinta, séptima, onceava y quinceava. Cuando el diputado por el Partido del Trabajo del Distrito Federal se refirió al virtuosismo del violinista David Oistrakh, parecía evocar a sus majestuosas ejecuciones. Sabe las obras más importantes de cada autor, pero también conoce hasta los creadores menos famosos, sus orígenes y rasgos distintivos de sus piezas. Hablar con Adolfo es como entrar a una majestuosa biblioteca. Sus conocimientos y asociaciones son inagotables. Se remiten a libros, viajes, experiencias políticas, o familiares. Para él es fundamental el papel de la familia y lo planifica en su agenda.

Fomenta también el rescate de la memoria histórica de la cual forma parte sustancial. Logró, junto con José Luis Torres la sistematización de Línea de Masas en Chiapas, Sonora, Nayarit, Guerrero y Monclova. La obra de ambos, titulada Poder Popular. Construcción de ciudadanía y comunidad, fue recientemente presentada en el Museo de la Revolución en esta ciudad. La invitación estuvo a cargo del Gobierno de la Gente.

En dicha presentación, el presidente del Partido del Trabajo en el Distrito Federal se refirió a la rica experiencia del proceso de construcción de la lucha. También mencionó la importancia de que los compañeros debían aprender a hablar, a manifestarse, a tomar decisiones, para ser sujetos de su propia historia. Recuerdo algunas ideas que compartió en esa velada: “Los partidos políticos no son la única opción de empoderamiento. Es definitivo que el gobierno no puede dirigir solo, necesita instancias de los tres niveles de gobierno, pero también es imperante trabajar con empresarios, con campesinos, con ciudadanos. De esta forma, recuperaremos la nación, tendremos poder popular. Sin poder popular le estamos faltando a nuestra Revolución Mexicana y a nuestra historia”.

Me voy a permitir transcribir el mensaje personal que me envió este gran personaje, quien me enseñó que la vida sí cabe en un puño; que entre más grande seas, puedes ser más humilde y sencillo: “Toda mi vida intenté no ser protagonista para no ocupar los espacios que deberían permitir a otros las oportunidades para capacitarse en el proceso de ser sujetos de la historia… Pero ahora, ya con la tercera edad a cuestas, sí hay ocasiones que mi corazón requiere le digan que sigue sirviendo esta persona para estimular a los demás a no abandonar una lucha que permita a la gente desarrollarse como seres humanos”.

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