La musa líquida

Hace días estuve con mi familia en San Antonio, Texas. Buscábamos una tienda de ultramarinos para comprar una legendaria bebida, favorita de algunos grandes intelectuales. Entre ellos los pintores Vincent Van Gogh, Paul Gauguin, Edward Munch y Toulouse-Lautrec, además de escritores como Ernest Hemingway, Oscar Wilde, Edgar A. Poe y Charles Baudelaire.

La más famoso anécdota es de Van Gogh, de quien se dice que bajo los efectos del absenta se cortó la oreja como ofrenda a una mujer de quien estaba enamorado, aunque también existe la versión que la perdió en una apuesta en manos de Gauguin. El absenta es elaborada a base de ajenjo, le han llamado la musa o el hada verde. El autor de Por quién doblan las campanas afirmó que es “una alquimia líquida que cambia las ideas”.

Por su parte Wilde, considerado uno de los dramaturgos más destacados londinenses describió sobre la musa verde: “Después del primer vaso, uno ve las cosas como le gustaría que fuesen. Después del segundo, uno ve cosas que no existen. Finalmente, uno acaba viendo las cosas tal y como son, y eso es lo más horrible que puede ocurrir”.

Desde la antigüedad el ajenjo se empleó con fines médicos. Estudiosos de esta bebida afirman que tanto la guerra franco-prusiana (1870-1871) y la franco-argelina (1844-1847) contribuyeron a su difusión, continuando después de ambas guerras. Se puso de moda también entre la burguesía que visitaba las cafeterías parisienses. Entre 1880 y 1914 fue la época de mayor éxito de la musa verde. En 1910 se bebían en Francia 36 millones de litros de absenta. Existen también algunas historias sanguinarias relacionadas con los excesos de beber el absenta, por lo cual fue oficialmente prohibido en Suiza en 1907. En 1998 los titulares de periódicos europeos declaraban: “La absenta vuelve a conseguirse en Gran Bretaña tras 80 años”.

Estaba ante nuestros ojos la anterior carga histórica dentro de una caja con el rostro de Van Gogh. La mano de mi hija Jimena se apresuró a tomarlo. Era el que buscábamos además de una cuchara especial para combinarlo con agua y azúcar. Ella cargaba la caja, mientras nosotros llevábamos otras historias bajo el brazo. Una empleada corrió a advertirnos que está prohibido que los menores de edad carguen cualquier tipo de bebidas, pueden estar dentro de la tienda y mirar, pero no tocarlas ni mucho menos llevarla entre las manos o por supuesto, comprarla.

Mi esposo Salvador tomó el absenta, con sus 55 grados de alcohol. Dejamos la tienda y recordamos nuestras propios testimonios con el hada verde. Quizá ambos llevábamos la esperanza remota de apropiarnos cabalmente de esa musa líquida para volcarla en futuras letras.

 

 

 

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