La Liz Taylor de mi pueblo

Conocí a Carmelita hace cinco años en Matamoros, Coahuila. Fue a visitar a mi mamá quien estaba convaleciente de una operación. Carmelita le llevó un itacate de pan dulce. Se sentó a platicar al lado de la cama de mi mamá, hablaba de lo que hizo en el día, de sus hijos y de lo caro que está todo. Me dediqué a escucharlas sin intervenir. Observé que la amiga de mi mamá no tiene la prisa de la mayoría de mis amigas, se dedica a vivir el aquí y el ahora.

Después vi muchas veces a Carmelita en la tienda de mi mamá a donde va con mucha frecuencia. Es una mujer sencilla, de piel morena, casi siempre mira al piso. Hace un par de semanas me contó que su pretendiente insiste mucho en casarse por las tres leyes, que quiere que vivan juntos. Ella me platicó que tiene tres hijos de su segundo marido.

Cuando tenía 14 años estaba muy enamorada de su novio y se embarazó, estaba feliz porque se casaría con su amado, pero éste la dejó plantada en la mera boda. Dice que lloró y lloró y que desde entonces no ha pasado un día sin darle lágrimas a ese hombre porque todavía se siente terriblemente triste. Al poco tiempo, se casó con Tomas Reyna quien falleció. Luego de un duelo contrajo matrimonio con Guadalupe Flores y tuvieron cuatro hijos Concha, Toña, Jorge y Pepe. Ella se dedicó a cuidarlos, hacía trabajos pequeños en la labor y en casas para ayudar al sustento familiar.

Dice que los maridos le llegaban así nomás, sin buscarlos, sin pedirle a Dios ni a ningún santo. Carmelita vuelve a quedar viuda. Cuatro hijos no amordazaron su tristeza añeja, Juan Hernández le pide que unan sus vidas hasta que la muerte los separe, ella acepta, tienen otro hijo del nombre de su progenitor. Tal y como prometieron ante el altar, cuando los sorprende la muerte de Juan, ella sigue llorando por su primer amor.

Vivió dos duelos de esposos posteriores Aurelio Salazar Sánchez y Refugio_______. Carmelita desde su primer día ha vivido en Matamoros, Coahuila, nunca ha salido de ahí, no conoce el mar ni ha sentido la arena en sus pies. Ha vivido arropándose a sí misma,  sus cinco hijos son gente de bien, cada uno con su vida propia, lejos de ella. Tenía más de seis décadas cuando se casa con Mariano González Reyes. No hubo otro duelo, sólo se separaron.

En su soledad diaria me confesó que ya estaba muy tranquila cuando Pedro Inungaray Armendáriz le dijo que no la quería dejar ir, que sentía un fuerte vínculo hacia ella y quería fuera parte de su vida diaria que se casarán por las tres leyes. Le pregunté su edad, y me dijo que no sabe, ni se acuerda en qué año nació. Tampoco sabe cuántos años tiene Pedro, pero está decidida a casarse con él. Me dijo quiénes serán sus padrinos, la gente que la estima le ayudaría hasta con el acta de nacimiento.

El prometido se apersonó con mi mamá para pedirle la mano de Carmelita. Le dijo que como su prometida le tiene un gran respeto a mi mamá decidió ir para constatar sus buenas intenciones, que quiere protegerla y dejarle su pensión si llegara a faltar. Carmelita fue de blanco al altar el pasado 12 de julio en Matamoros, Coahuila. Como no me fue posible acompañarla, me dejó este recado con mi mamá: “Chela, dígale a su hija la que escribe, que Pedro es el bueno y si él llega a terminar ya no voy  a buscar otro. Voy a respetar a mi marido, porque él me tomó como una señorita,  ya no habrá más maridos. Dígale a su hija que siempre fui decente, que no fui loca nunca, que no vaya a pensar mal”.

 

 

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