Jared y Katherine

Este es un conjunto de historias que se traman todos los días, en cualquier esquina, bajo un techo apergollado por muchas mañanas hirvientes. Puede ser una leyenda urbana, puede que se haya hilvanado en un lustro o en una sola noche sin estrellas. Puede que te hartes de tantos puedes y dejes de leer. Lo cierto es que fui testigo directo o indirecto de todo lo que contaré. Nada de lo que sigue fue leído, es víctima del “marketing viral”.

Se trata de “un amigo o amiga de Gómez” quienes orgullosos presumen que no han leído un solo libro en su vida y además tienen la suficiente desfachatez para gritarlo a diestra y siniestra. Digamos que se llaman Jared Pérez y Katherine Ríos. Ellos están en la inteligencia racional media pero con una inteligencia social muy desarrollada, con un sentido común que les da para llevar la vida sin vanaglorias, interactuar con la sociedad, desempeñarse en un trabajo y tener “una familia normal”. Sin embargo tienen la capacidad para debatir sus posturas con cualquier persona. Cuando la gente que tienen a su alrededor prepara una clase o un documento le preguntan a ellos si entienden el contenido, para asegurarse que está lo suficientemente claro.

Un día Jared y yo entre muchos otros, asistimos a una conferencia sobre historia de Coahuila. Él estaba emocionado según me dijo por haber aprendido tanto. Le comenté la importancia de conocer más a los próceres de nuestro estado, a lo que de inmediato contestó: “¿A chin… y esos quiénes son?, no los mencionaron”. Después de varios días de insistir en que le dijera quiénes eran esos mentados próceres, terminó concluyendo que eran sus parientes ricos aunque lejanos, de cualquier manera lo llenó de orgullo. Jared Pérez pensaba que Francisco I. Madero eran dos personas que siempre andaban juntas en la revolución.

Después de la conferencia nos fuimos a tomar “un café”. Él con cierto aire de hombre de mundo solicitó que le sirvieran un té caliente de manzanilla. Le preguntaron que si prefería la bolsa de té afuera del agua y respondió que sí. Cuando se retiró la mesera, Jared me comentó: “A mí siempre me ha gustado poner yo mismo la bolsa de té en la taza”. Sonreímos mientras me contaba sus vivencias. Cuando nos trajeron las respectivas bebidas, él con mucho estilo y levantando el meñique rompe de un jalón la bolsita del té y vacía el contenido directo a la taza. Acto seguido, saca un paquete de pistaches y empieza a abrir cada uno, pero de inmediato los pasa al cenicero. Me da pena preguntarle que porqué los tira. Ya al final, enojado, dice: “Mmmmmm, mira me piñaron, tan caros que me costaron los tristes pistaches y todos están verdes”.

A Katherine la conocí en un ejido lagunero, cuando yo hacía labor partidista. Es una mujer respetada con mucho trabajo para su partido político. Cuando la conocí me dijo que nos viéramos donde ella vive: “Es una casa verde, la única de dos pisos en el rancho, hay un piso abajo y otro arriba”. Con esas señas me fue fácil dar con el sitio. Ya estaban reunidas las señoras cuando llegué. Katherine de inmediato se mostró molesta y frente a todas argumentó: “Aquí hay muchas amonalías señora, los que vienen a repartir la propaganda no son nutrales”. Después de cubrir varios puntos pregunté si alguna de los presentes habla salido insaculada. La líder, sumamente indignada me contestó: “De ninguna manera así como nos ve somos pobres, pero muy decentes, todas las solteras son señoritas”. Pensé que quizá un día Jared y Katherine pudieran hacer su vida juntos.

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