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He culpado a la globalización y lo reitero. La culpo de robarles el alma a nuestros pueblos, de quebrantar nuestro mestizaje cultural, de encaminarlo hacia el estilo de vida americano, y dar paso a una generación de individuos aislados, sin ideales, sólo con necesidades básicas. En pocos años hemos dado una muerte lenta a la gran sabiduría de pueblo que no hemos sabido aquilatar y que aún espera su rescate.

Son muchas las enseñanzas que nuestros abuelos practicaban. Remedios ancestrales, caseros, llenos de verdad que han curado a varias generaciones. ¿Quién no recuerda los tés de sus abuelas? Si bien el sabor de éstos no eran nada agradables, pero nos curaban. Desde el espantoso sabor del té de orégano para la tos, que apenas le dabas un sorbo y sentías cómo se abrían los pulmones en segundos.

Mi abuela materna era asidua de todo tipo de remedios. Con frecuencia ella misma usaba los chiqueadores. Desconozco que más hacía con este remedio en particular, a simple vista era un frijol crudo partido por la mitad que se colocaba en cada cien. Decía que con eso se le quitaba el dolor de cabeza. Nunca se lo dije, pero se veía graciosa. También hacía un preparado a base de peyote. No sé cómo lo conseguía, pero la veía cortarlo con mucha calma, como si se tratase de una cirugía. Lo ponía despacio en un frasco y le agregaba alcohol. Dejaba la poción envuelta entre periódicos, para guardarlo en un sitio apartado de los rayos solares. Una vez cubierto el periodo fijado, se lo untaba en las piernas, para sus dolores. Decía sentir mucho alivio con eso.

Pero lo que más llamaba mi atención desde el nombre era cuando curaban “del latido”. Me parecía un nombre mágico, especial, místico. Perdón por ser prosaica con la descripción. Varias veces me curaron, en especial en mi enfermiza niñez. Recuerdo a mi abuela, sentada al lado de mi cama. Como si fuese un scanner con sus manos lo pasaba completo por mi abdomen desnudo. Luego hacía movimientos circulares sobre el ombligo. Lo recorría despacio, y acercaba el oído. Ella estaba concentradísima, como si no hubiese más en el mundo. De pronto, con un ¡ya! jubiloso declaraba que me había curado. En esa misma fracción de segundos yo sentía “un click”, como si se hubiese alineado algo en mi interior. Era literalmente como si tuviese un latido en el corazón y otro en el ombligo que caminaban al unísono.

La explicación de mi abuela era que tenemos varios latidos interiores los cuales siempre deben estar alineados. Decía no saber cómo ni porqué se desajustaban, pero que su desequilibrio provoca malestares como bajo rendimiento, mareos y hasta tristeza. Que eso no lo alivia ningún doctor, porque ello no creen, pero es cierto. La curación terminaba colocando una torunda empapada de alcohol justo en el ombligo. Lo sujetaba con “un muñeco”, que en realidad era un listón de trapo. Al final le daba varias vueltas y no debía retirarlo hasta el día siguiente, para completar cabalmente la curación. Quizá nosotros, desde nuestros propios espacios, seamos instrumentos para preservar nuestra cultura a través de la sabiduría de pueblo.

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