Infancia es destino

En mi infancia, cuando alguna amiga me invitaba a su casa, era ley que la mamá nos invitara a comer o a cenar, o por lo menos nos ofreciera alguna bebida o fruta. Se hablaban entre las mamás para pedir y otorgar permisos. La cocina era el sitio obligado para platicar mientras comías, se reunía la familia completa para saber cómo le había ido a cada quien. No había prisas. No recuerdo haber visto alguna televisión en la cocina, generalmente sólo había una en toda la casa instalada en una habitación especial para este artefacto.

Según nosotras jugábamos libres, pero ahora en retrospectiva me doy cuenta que la mamá en turno siempre estaba al pendiente de lo que hacíamos. En apariencia no nos tomaban en cuenta mientras hacían sus labores, se mantenían al margen y se daban sus vueltas al sitio donde estuviéramos, como si fueran por alguna cosa que necesitaran. Mis amigas entonces niñas nos dábamos vuelo en Matamoros, Coahuila, jugando a la pichada y al futbol o trepando árboles. Corríamos y sonreíamos todo el tiempo. Recuerdo esta práctica hasta la secundaria.

Ahora como mamá de una adolescente me sorprende lo mucho que ha cambiado esta situación. Las amigas de mi hija van de visita a mi casa sin previo aviso, incluso, sus mamás les dan permiso sin conocer bien a mi hija y por supuesto, tampoco al resto de la familia. Muchas veces por las tardes llegan con maleta en mano para dormir y las mamás ni siquiera se bajan de su auto por lo menos a saludar.

Recientemente mi hija pidió permiso para irse con una amiga y pasamos mi  esposo y yo por ella a la hora acordada, a las diez de la noche. Llegando a nuestra casa preguntaron que cuál era el menú para cenar. Durante toda la estancia con su amiga, no tuvieron ni por error de ellas ni de la señora de la casa una vuelta por la cocina. La señora sólo se dedica a atender a la familia y la casa es pequeña. Me costó trabajo entender por qué no preguntó por lo menos a su hija si quería cenar “algo”.

Hace días acudí a una reunión informal. Había por lo menos tres brechas generacionales entre los asistentes. Una de ellas estaba con su hija de diez años, quien entró a ver la televisión. Esta mamá se sentó a departir y cenar tranquilamente. Pasó un buen rato hasta que la niña apareció para demandar que tenía hambre. De las opciones que le ofreció su mamá optó por la pizza instantánea. La pasó del congelador al plato y al timbre del “micro” le quitó la cubierta de plástico y ya quedó lista para disfrutar un room service.

A los pocos minutos regresa la niña a decir que no le gustó. La pizza tenía una consistencia poco atractiva. Mi esposo le dijo a la mamá de la niña que la niña está acostumbrada a comer muy sano y rico, porque la abuelita de la niña se ocupa de cocinarle todos los días con esmero y eso se refleja en cada platillo. Que cuando la niña sea adulta sin duda recordará a su abuelita por todo lo que preparaba en la cocina y que no recordará a su mamá por este motivo.

Es claro que cada vez vamos perdiendo esta costumbre de usar la cocina como un acercamiento para las personas que queremos. El otro día un amigo me veía guisar unos humildes frijoles me dijo que podía percibir cómo transmitía cariño mientras los sazonaba. Me agradó el comentario, porque así recuerdo a mi mamá mientras machacaba sus maravillosos frijoles que aún le pido y que mi hija dicen que son mejores que los míos. Sin duda, infancia es destino. Vayamos al rescate de la cocina.

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