IMSS Vs. MLK

Berlín, Alemania. Hospital Martin-Luther Krankenhaus. Septiembre 26 de 2013: mi cumpleaños. Estamos de turistas un grupo de amigas laguneras en la capital alemana. Una de ellas, quien comanda la tropa estudió su maestría y doctorado en Rusia y Alemania, lo que nos facilita llevar traductora mañana tarde y noche. Ella se lastima la mano la noche anterior. Escucho cómo le tronó un hueso al bajarse de un taxi.

Amanece lluvioso y con ocho grados centígrados. Es el primer día que andamos sin guía y nos lo tomamos con calma, mucha calma. Son las ocho de la mañana. Espero turno para tomar un baño tirada en la cama. Caminamos por la calle Kleiststrafze, una de las más famosas de la ciudad. Entramos un restaurante típico. Vemos la carta con cierto aire intelectual y le preguntamos a nuestra amiga-traductora qué dice el menú. Ordenamos el almuerzo mientras planeamos cómo festejaremos mi cumple.

A la traductora le sigue doliendo la mano. Decidimos ir a que la revise un médico, llamamos al seguro de viaje y un taxi nos deja en el Martin-Luther Krankenhaus a las 11 de la mañana. Es un conjunto hospitalario con varios edificios contiguos. Luego de varias vueltas supimos dónde mero era.

Cuarenta minutos más tarde nos dicen que no debemos estar en esa área y nos echan a otra sala. Por fin pasan a nuestra traductora y después de un largo rato, solo le toman los datos. Pacientes van y vienen. Una pareja de adultos maduros estaban antes que nosotros. El señor alza la voz y sale molesto acompañado de su esposa. Pedimos traducción. Se fue enfadado porque no recibió atención, estaba desde temprano. Por fin llaman a la traductora y entra al consultorio con mi paisana matamorense.

La más joven y yo seguimos contándonos historias, mientras corren y corren los minutos. Cruzamos la calle para entretenernos en una florería. Vemos las orquídeas, flores muy comunes además de otras especies no vistas en nuestro país. Caminamos mientras vemos cómo es la vida diaria, observamos la gente a través de la ventana de su cocina, fumando, charlando con su familia a las tres y media de la tarde.

En la esquina hay una escultura de una gimnasta, una regordeta mujer en traje de baño. Llegué a pensar que era de Botero, pero me equivoqué. Justo a un lado está un restaurante lucidor con varios comensales, señal de que tiene buena cocina. Entramos la más joven y yo. Pedimos el menú y vemos letras diferentes a las nuestras. Por fortuna el dueño habla inglés y nos hacemos entender.

A las cuatro tengo frente mi un pescado con alcaparras sobre una cama de puré de espinacas, delicadamente adornado con una papa tan atractiva como exquisita. Brindamos con vino rosa bajo centenares de fotos de famosos que aparecen con el dueño, suponemos eso, que son famosos artistas, gente importante de diversos campos. En la mesa de al lado un enorme perro se echa al piso mientras su dueña brinda con vino tinto.

A las cinco salimos a ver a nuestras amigas en su viacrucis el mero estilo de nuestro IMSS. Nos topamos frente a la gorda gimnasta. Regresamos al restaurante a brindar. A nuestra amiga traductora le dan algo similar a una aspirina, le exigen que pague antes de atenderla, le inmovilizan la mano y le dicen que debían operarla. Todo eso en seis horas, en una ciudad de primer mundo, en un centro hospitalario lucrativo con una paciente extranjera que habla alemán. Qué suerte conocer el Seguro Social germano en mi cumple. Qué suerte, nuestra amiga traductora pagó la siguiente ronda con pastel incluido. Qué suerte: el resto de la tarde nos atragantamos de ver los puntos más importantes y bellos de la ciudad.

 

 

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