Haz la prueba

Después de muchas tardes guardado,  Oliver se portó de lo mejor para ganarse un paseo por el barrio. Su amada Britney se quedó con las ganas, arrojándole ladridos mientras lo veía alejarse. Él sabe que es hermoso y de pedigrí. Ella es inquieta, latosa y peleonera. Su conducta hace pensar que se siente de una raza superior, pues se enfrenta a perros bravos y fuertes como mastines, o a dobermann. Por eso, hemos decidido no mostrarle un espejo jamás, para evitarle que tenga que lidiar el resto de su vida sabiendo que es una simple y mundana pug.

Iba con el Oliver contenta por la caminata. Ignoramos los ladridos de la Britney. Empezamos a caminar con garbo, yo orgullosa de mostrar un hermoso, fuerte y limpio perro pug, él con esa seguridad y autoestima envidiada por alguna amiga mía. Él es dueño y señor del espacio por el cual camina. Sabe que es el centro de las miradas y le encanta coleccionar halagos. Cuando va con su monógamo amor, él acapara la atención de los transeúntes  y las comparaciones lo favorecen.

Caminamos en la zona centro, donde vivimos en Saltillo, Coahuila. El recorrido fue breve, dimos varias vueltas en algunas manzanas aledañas a la casa. Me llamó la atención observar hogares y  tiendas que nunca antes había visto, por las que he pasado diario durante casi una década. Algunas personas, como en antaño, dejan abierta de par en par la puerta de sus domicilios. Miré jugar a los niños, las señoras sentadas en la mesa y los señores leyendo.

Me gustó comprobar que el Oliver es un verdadero imán para robarle la sonrisa al que se entere de su existencia. No hubo una sola persona que lo viera sin alegrarse, aunque fuera con disimulo. Recordé que hace días una amiga me comentó que el custodio de la colonia donde ella vive es una persona demasiado introvertida, seria y que nunca lo había visto sonreír. Un día mi amiga se tomó unos minutos para compartirle la canción que escuchaba en su camioneta y le hizo algún comentario agradable. El guardia se alegró y le contestó de una manera muy atenta y sonrió.

Coincidimos mi amiga y yo en lo poco que cuesta alegrar a los que no rodean, sin importar si no son cercanos. Es un círculo virtuoso en el cual todos ganamos. Luego me contó que a partir de ese día, el guardia tiene otra actitud mucho más positiva, se interesa en las actividades de ella, le pregunta por sus hijos y se ve más tranquilo. Es indudable, que si queremos que otros cambien, debemos cambiar primero nosotros, actitud positiva acarrea lo mismo.

Durante el paseo recordé una vieja enseñanza: Está científicamente comprobado que si tú le sonríes a alguien aunque no le conozcas, esa persona te regresará la sonrisa. Es mágico. Apliqué el experimento y puedo asegurar al cien por ciento su efectividad, todos me regresaron la sonrisa, a pesar de ser una desconocida para ellos. Te aseguro que funciona, aunque no traigas un hermoso pug como el de mi hija. Haz la prueba.

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