Fiel a sus raíces. Parte I

Parte I

México está de fiesta. En tiempos con ansias de reconocimientos y de buenas nuevas, cayó de perlas la noticia que las tres candidaturas a Patrimonio Inmaterial de la Unesco salieron adelante. Las condecoraciones son para la cocina tradicional de México, para la fiesta de los Los Parachicos de Chiapa de Corzo y para la Pireuka, el canto tradicional de la cultura indígena Purépecha. Cada uno de ellos tiene méritos propios y son mágicos. Sin embargo, sólo me avocaré al tema que en lo personal me resulta por antonomasia más evocador, el primero.

Leí la noticia y empezaron a revolotear ideas sobre este tema tan atractivo para mí. Confieso ser admiradora y defensora natural de nuestra cocina. Siempre he considerado que la riqueza culinaria de México es una de nuestras fortalezas, con o sin declaratoria de ninguna organización.

Qué orgullo saber estamos entre las mejores cocinas del mundo, codeándonos con las de dos países milenarios, como China y Francia. He tenido la oportunidad de haber pisado ambas tierras. En mi opinión, puedo afirmar en primer término que la comida china ofrecida en México dista de parecerse a la de sus creadores. Puede ser exótica, pero simple a la vez. En los mercados observé a los chinos sentados en cuclillas sobre las banquetas de los puestos, comiendo el pan suyo de cada día y los famosos tallarines caldosos.

Me quito el sombrero ante la cocina francesa. Aderezada con el refinamiento de sus habitantes en las reglas de maridaje y del buen vestir. En todos los restaurantes que visité tanto en París como en Niza, resultaron verdaderos festines, dignos de ofrecer al Dios de los dioses. Es notable apreciar la importancia que le otorgan los franceses al disfrutar los alimentos, a la vez de convivir con familiares y amigos, o bien para reuniones de negocios.

Sin embargo, prefiero la mágica, llena de historia, costumbres y tradiciones, cocina de mi pueblo mexicano. La referida por Alejo Carpentier como “…fiel a sus raíces primeras”, esa exquisita e inmensa que Hernán Cortés relataba cuando a Moctezuma le traían trescientos o cuatrocientos platillos diferentes para su deleite. Ahora la Unesco se refiere a la comida “milpa”, es decir, a los platillos elaborados a base de maíz, frijol, chile y calabacita.

Nuestra cocina es un cuerno de la abundancia: inacabable, deliciosa, exuberante, colorida, aromática, seductora, exótica. Podemos presumir de nuestra colosal elaboración de alimentos provenientes del desierto, del mar, de la selva, de la tierra. La sabiduría culinaria ancestral refleja el mestizaje de la amalgama de tres continentes. Está claro que el galardón no es para un conjunto de recetas, sino para una forma de vida alimentaria distintiva, cargada de historia, que hemos sabido conservar desde la época prehispánica. Dicha alimentación está encarnada a nuestra biología, historia, antropología, y filosofía. Se despliegan otras vertientes dignas de ser analizadas en el siguiente relato. Aguanta, por favor.

Deja tu comentario