Escuda bien

Muchas veces mi “dislexia” me hace pasar por momentos incómodos en los cuales deseo aparezca una luz del cielo y me eleve. Citaré algunos ejemplos, reflejo de este mal que me aqueja. Me he presentado más de una vez a alguna reunión con la fecha y la hora equivocada. Cuando voy manejando acompañada de amigos cercanos saben que me cuesta trabajo distinguir en segundos entre la izquierda y la derecha, por lo que me orientan y me dicen si debo dar la vuelta a mi lado o al contrario.

Para saber el sitio exacto de una dirección, debo conducir antes varias veces, aunque haya ido con anterioridad con otra persona. Me cuesta trabajo tener un mapa global de la ciudad en la que vivo. Cuando radicaba en la Ciudad de México, en muchas ocasiones me acompañaba de mi amiga Pilar Regil, ella es igual de desorientada que yo en eso de las geografías, de manera que cuando nos desplazábamos a un lugar en específico cada una decía una dirección y optábamos por la tercera opción. Allá aprendí que lo mejor en esos casos es pedir a un taxi que nos condujera al lugar deseado, eso hicimos muchas veces en la ciudad de asfalto. En mi defensa, le decía que yo soy una humilde matamorense y en cambio, ella nació en la gran urbe.

En otra ocasión me dieron la encomienda de trasladar a una gran personalidad de la política. Había que llevarlo del aeropuerto de Torreón, Coahuila al Teatro Alberto M. Alvarado, en Gómez Palacio, Durango. El tiempo estaba en contra y para acabarla de amolar, me equivoqué de camino, tuve que preguntar cuál dirección retomar. Me dio pena, porque se supone que son los territorios que habito. También me pasa regularmente que cuando manejo me encamino de manera automática hacia las calles que transito con mayor frecuencia, sin que sea la dirección a la cual voy.

Otro de mis errores comunes es no poner suficiente atención en el manejo del celular. Esto ha provocado que me equivoque de destinatario en el mensajero y me vea obligada a invitar a reuniones a la persona equivocada. Resulta difícil meter reversa en estas ocasiones, y no es fortuitito que en alguna cena de amigos en mi casa, dos de ellos se llamen igual, además con un nombre poco común. Quizá estos males nos aquejan a muchos de nosotros, pero admito que culpar a la dislexia ha sido forma elegante de referirme a mi distracción y falta de concentración plena en las actividades en turno. El término se escucha bien, escuda bien, evita miradas acusatorias y risitas burlonas.

Deja tu comentario