Escritorio público

Hace días fui al Mercado Juárez en Saltillo, Coahuila. Caminé por la mañana, un poco más rápido cuando pasé cerca de las carnicerías y hierberías con un olor penetrante y nada agradable.  Observé las tradicionales piñatas de siete picos, los cochinitos y cazuelitas de barro, los alfajores, y anafres. Pero lo que más me llamó la atención fue un viejo mobiliario en uno de los pasillos. Un pequeño escritorio y una modesta silla giratoria, ambos pegados a la pared y encima de ellos un letrero a mano: Escritorio público.

Quise preguntar entre los locatarios, pero me ganó la pena. Estaba una señora al lado del escritorio, en actitud de esperar a alguien, no parecía dueña del oficio de escribir ajeno. Mientras me quedé con la duda, recordé hace días que andaba con varias adolescentes. Cuando pasamos por las oficinas de telégrafo les comenté que no sabía que ahí era. Una me preguntó que qué hacían. Mi respuesta les sorprendió. No sabía cómo se mandaban breves mensajes escritos a otras ciudades. Confesaron haber redactado una sola carta en su vida, en un trabajo escolar.

Se sorprendieron de saber que para recibir una carta o telégrafo se podían tardar hasta una semana y otra para regresar el mensaje a su destinatario. Las personas debían de comprar hojas, sobres y pluma, después escribir sobre el papel, rotular el sobre, acudir a la oficina postal para comprar un timbre, pegarlo en el sobre, pagar, y depositarlo en el buzón. Les dio flojera sólo pensar. Coincidieron en preferir internet,  facebook y twitter, porque les ofrece respuesta inmediata, con opción de mandar fotos y videos al instante. Este nuevo género epistolar cibernético fue desplazando al de papel.

En los años setenta la mayoría de la gente recibía además de cobros, recibos de servicios, propaganda y los enfadosos sorteos de Selecciones de Readers Digest. Es impresionante, pero hay quienes nunca han recibido una carta en su vida, no sólo los jóvenes también personas de más de treinta. Pregunta a quienes están a tu alrededor si alguien les ha mandado alguna vez por lo menos una. Quien tiene una computadora e impresora diseña sus propias tarjetas de presentación, papelería y hasta invitaciones para sus fiestas. Las imprentas casi sobreviven por hacer facturas, almanaques y tarjetas navideñas, estas últimas cada vez más en desuso.

La ola cibernética ha llegado para quedarse, con versiones nuevas de las redes sociales, juegos, páginas, chismes, información, películas, compras y demás. Es común ver reunidos a jóvenes cada uno “mensajeando” con su celular, sin convivir entre ellos. A más temprana edad los niños aprenden a manejar los juegos electrónicos, las computadoras y los teléfonos celulares. Debemos aprender a vivir con las nuevas tecnologías, aunque a muchos nos parezca que se invierte demasiado tiempo entre el face y el twitter, seguimos pensando que es mejor leer un libro o tener una buena conversación con amigos ¿Sobrevivirá el escritorio público?

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