Emoción contagiosa

Tengo varios años con el propósito de escribir sobre el Maratón Lala y termino convencida que se añeja el tema. Ahora pienso que no envejece la percepción, el ánimo de los laguneros y la determinación de los corredores. La residencia del Maratón desde hace 25 años la convierte en la ciudad más amigable.

En muchos puntos de la ciudad se reúnen amigos y familiares para animar a los maratonistas. Algunos les ofrecen naranjas partidas, agua, refrescos y hasta cervezas. Ponen música, o con altavoces anuncian a sus amigos para alentarnos a continuar hasta el final. Los organizadores declararon que esta edición resultó con saldo blanco. Además destacó ser la actividad en su tipo con mayor número de espectadores durante toda la ruta a recorrer. Es gratificante saber que el primer maratón inició con 400 participantes, a dos décadas y media se ha convertido en el más competido del país. Este año llenaron cupo hace un mes, obteniendo el número record de participantes con cuatro mil.

Es loable la valentía de ser participante y de lograr el objetivo. Acudí a la meta en el Bosque Venustiano Carranza de Torreón, Coahuila. Quienes cruzan la recta final son dignos de aplaudir,  pero en especial me llamó la atención un señor en silla de ruedas, una persona con un solo brazo, un hombre que llegó descalzo, abrazando sus tenis, varios adultos mayores de sexos indistintos y otro señor cargaba de manera literal su cruz, una de madera adherida a su mochila. No faltaron quienes se vistieran como luchadores, con vistosas pelucas, entre otros extraños atuendos.

Lo cierto es que mientras dura el Maratón, nos volvemos solidarios, regalamos aplausos y sonrisas a diestra y siniestra, además enseñamos a nuestros hijos el valor de compartir. Alentamos a quienes se animaron en la travesía de correr 42 kilómetros. Muchos espectadores usaron  ropa blanca, globos o listones para enviar  mensajes de paz a través del deporte.

 No nos importa la procedencia de cada corredor y corredora. Los observamos concentrados, cada  uno a su ritmo, con sus propias motivaciones y sus propios pensamientos. Me gusta observar los rostros de las y los maratonistas. Es difícil describir su gesto de satisfacción al cruzar la meta. Algunos maratonistas graban esos momentos, dan el último esfuerzo con mayor velocidad, se hacen acompañar de sus seres queridos, abren los brazos, se persignan, lloran, ríen. Su emoción contagia. Que continúe el contagio y el mensaje de paz.

 

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