El sueño empaquetado

La otra noche me llamó el insomnio. Prendí la televisión para amedrentarlo. Mi pulgar de brinco en brinco encontró la “solución” a los problemas de todo ser humano con estima y felicidad baja. Es fácil, anunciaban, sólo debes comprar el producto para conseguir lo anhelado: basta con que lo conectes, le pongas pilas, lo tomes, te lo untes, lo bebas, te bañes con él o te dejes abrazar por él de la cintura o de donde más lo necesites. Así, sin bendición incluida, todo con el poder de un telefonema amparado por una tarjeta bancaria.

Le di tres vueltas a todos los canales, la mayoría me aventaban esos comerciales de media hora que hacen brincar de júbilo a Homero Simpson al igual que a muchos seres reales de todos colores y bolsillos. Pregonaban: “Con sólo diez minutos al día, obtendrás ese abdomen plano que siempre has deseado”. Siguen las bellas promesas: “Olvídese de esos kilitos de más”, “Deje de ser la burla de sus amigos”, “Sin ejercicio, sin dietas, sin fatigarse en gimnasios…” “Recupere su autoestima”.

Mientras circulaban los anuncios clásicos del antes y después, pensaba en todos los consumidores quienes hacen que esas industrias vendesueños crezcan presurosamente a la par de sus carteras. Recordé a la esposa de un amigo. Hace quince años compró el sueño que la tele le vendió: ser más delgada para llegar a la felicidad completa. Decidida y en silencio, siguió al pié de la letra las instrucciones de la caja. Logró bajar de peso tan rápido que el marido no daba crédito y le pidió que fuera al médico. Ella lo ignoró, siguió contenta de quitarse más y más kilos. Un ingrediente no autorizado para consumo humano le carcomió el hígado poco a poco. Murió en silencio.

Desde entonces mi escepticismo hacia esos productos se acrecentó. El milagro no puede venderse en un paquete ni fabricarse en un quirófano. La decisión debe ser desde adentro bien conectado el cerebro con el estómago. Hace días leí la noticia acerca de la destrucción de 30 mil productos milagro para bajar de peso. Revisaron más de 200 etiquetas y detectaron varias irregularidades. La empresa El Oasis. Sistema integral sano (desde el nombre inicia la fantasía) ostenta productos alimenticios sin serlo; requieren autorización sanitaria sin tenerla; además los datos de las etiquetas no eran reales.

Al mismo tiempo la fábrica (de deseos) El Oasis, instalada en Nezahualcóyolt usaba éter para la elaboración de cremas reductivas. Dicho ingrediente está prohibido en el rubro de perfumería de acuerdo al Artículo Cuarto de nuestra Constitución, ya que produce efectos tóxicos e implica riesgo para la salud. Deseo que la Comisión Federal para la Protección contra Riesgos Sanitarios (Cofepris, www.cofepris.gob,mx) destape otras empresas engañadoras que atentan contra la salud. ¿Cuántos Oasis más existirán trabajando impunemente vendiendo a miles de consumidores comprasueños?

No hay vuelta de hoja, la panacea tangible para borrar nuestras lonjas no existe. Los productos milagro distan mucho de serlo, la decisión debe ser desde adentro, con disciplina y moderación, con apego a quienes conocen el tema. Los consejos de médicos están sustentados: mantener una postura erguida, reducir las cantidades de nuestros alimentos, equilibrar la comida, beber más agua, hacer bocados más pequeños, comer más despacio sin realizar otra actividad, ejercitarnos o por lo menos caminar  (con o sin perro). “Come frutas y verduras. Practica algún deporte”.

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