El Ser que podemos ser

En los últimos días del año pasado, un reconocido oftalmólogo comentó sobre esos pequeños detalles fundamentales  que la gente ha ido perdiendo. Se sorprendía que cuando alguien llega a un lugar público como el consultorio no saluda a los demás. Mencionó también la falta del contacto físico, como los abrazos en ciertos momentos importantes. El médico se refirió también al culto a la computadora, la televisión, al celular y al internet. Con añoranza remembró su niñez limpia y alejada de peligros. Me gustó el tema con pretexto de iniciar el año, y tocar por lo menos alguna vibra sensible de quienes me hacen el favor de leerme.

Las reminiscencias del doctor me recordaron mi socorrida biblia de mí querido Sabato (Ernesto Sabato, La Resistencia, Editorial Seix Barral, México D.F. 2000).  “La pertenencia del hombre a lo simple se acentúa aún más en la vejez cuando nos vamos despidiendo de proyectos, y más nos acercamos a la tierra de nuestra infancia, y no a la tierra en general, sino aquel pedazo, a aquel ínfimo pedazo de tierra en que transcurrió nuestra niñez, en que tuvimos nuestros juegos y nuestra magia, la irrecuperable magia de la irrecuperable niñez. Y entonces recordamos un árbol, la cara de algún amigo, un perro, un camino polvoriento en la siesta de verano, con su rumor de cigarras, un arroyito. Cosas así. No grandes cosas sino pequeñas y modestísimas cosas, pero que en el ser humano adquieren increíble magnitud, sobre todo cuando el hombre va a morir sólo puede defenderse con el recuerdo, tan angustiosamente incompleto, tan transparente y poco carnal”.

Esta belleza literaria se conforma por cinco cartas de ayuda para rescatar al ser humano, en la Primera titulada Lo pequeño y lo grande, el también doctor en física escribe: “Trágicamente, el hombre está perdiendo el diálogo con los demás y el reconocimiento del mundo que lo rodea, siendo que es allí donde se dan el encuentro, la posibilidad del amor, los gestos supremos de la vida… Lo paradójico es que a través de esa pantalla parecemos estar conectados con el mundo entero, cuando en verdad nos arranca la posibilidad de convivir humanamente… El estar monótonamente sentado frente a la televisión anestesia la sensibilidad, hace lerda la mente, perjudica el alma”.

A veces me pongo a pensar a media tarde, en la gran cantidad de información, de ruidos, sonidos, música (eso que los jóvenes llaman así), de actividades y conversaciones del día que dejan botadas mis parcas neuronas. Me exigen un silencio, se sienten saturadas del exterior y con urgencia piden apagar la radio del auto, tomar un respiro, sosegar el alma. El multipremiado escritor reclama: “Algo que a mí me afecta terriblemente es el ruido. Hay tardes en que caminamos cuadras y cuadras antes de encontrar un lugar donde tomar un café en paz… En todos los cafés hay, o un televisor o un aparato de música a todo volumen. Si todos se quejaran enérgicamente, como yo, las cosas empezarían a cambiar… Las experiencias con animales han demostrado que el alto volumen les daña la memoria primero, luego los enloquece y finalmente los mata”.

La mamá de unos amigos médicos comentó el día veinticinco en el riguroso recalentado: “Ahora ya  ni los niños ni jóvenes tienen respeto de nada ni de nadie, les vale, no tienen valores de nada, sólo exigen sus derechos”. Sobre este tema, el autor argentino confiesa: “…cuando yo era un niño en Rojas, aún se mantenían valores que hacían del nacimiento, el amor, la adolescencia, la muerte, un ceremonial bello y profundo.  El sentimiento de orfandad tan presente en este tiempo se debe a la caída de los valores compartidos y sagrados… Por eso la soledad se vuelve tan terrible y agobiante”.

Continúa el alarido desgarrado del también autor de la novela El túnel quien clama auxilio para rescatarnos y volver a lo que fuimos. Recapitulo lo que considero importante: “Debemos exigir que los gobiernos vuelquen todas sus energías para que el poder adquiera la forma de solidaridad, que promueva y estimule los actos libres, poniéndose al servicio del bien común, que no se entiende como la suma de los egoísmos individuales, sino que es el supremo bien de una comunidad. Estamos a tiempo de revertir este abandono y esta masacre. Estaremos perdidos sino revertimos, con energía, con amor, esta tendencia que nos constituye en adoradores de la televisión, de los chicos idiotizados que ya no juegan en los parques. Si hay un Dios, que no lo permita”. Acudamos a al llamado de alerta del maestro frente a la época que llama “sombría”. Rescatemos el Ser que podemos ser.

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