El primo

Recibo instrucciones del loco más enamorado o del enamorado más loco de Matamoros, Coahuila (Por favor eviten preguntarse quién está más trastornado, si él o yo). Escríbele, me dice: “Te invito a dar una vuelta a la plaza, te picho unos tacos con una coca y luego te voy a dar unos besotes”. Obedezco procurando que la letra quede lo mejor posible sobre la tarjeta postal de la Cueva del Tabaco. Con el entrecejo fruncido mira el conjunto de letras con atención, alargando el brazo. “Mmmmmm, ta´ bien flaca”. Cierra la frase con mi apodo familiar, con la autoridad que le otorga el ser Ayup.

Me pide la pluma con un gesto y acto seguido se la guarda en la bolsa de su camisa. Ahí se asoman las tapas de otras plumas rojas, verdes, azules y negras. En segundo plano se divisan peines café, amarillo  y rojo de varios calibres dispuestos para cada momento: el de exceso de brillantina, el de después del baño, o el antes de la cita diaria. Tapa ese sello característico con un saco marino, su última adquisición. “Mira prima, me lo regaló uno de la Banda mi barrio colombiano, ¿está chido, no?” Asiento, festejo su alegría y lo bien que le va.

Habla rápido, como una canción. Cuando está parado mira al infinito, como buscando respuestas, ignoro si tenga algunas o si sólo es pose en automático. Recuerdo esa postura desde mi infancia. Hace años, le escribí muchas de sus cartas para Chita, el amor de su vida. Ella le correspondió a Martín Maravillas después de muchos mensajes que no pudo leer, sólo escuchar, siempre pedía a otros ojos le dijeran que habían escrito otras manos ajenas a las de su Martín. Chita nació con un cromosoma erróneo, pero eso no le impedía trabajar para que su amado tuviera lo necesario para vivir.

Siempre que los veía juntos me preguntaba a quién le pertenecía un trozo más grande de la felicidad. Matamoros fue testigo de la unión entre dos seres como ellos, con su mundo sin telarañas, sin letras, sin complicaciones ni consumismos, sólo el uno para el otro en un pedazo de tierra para ellos. ¿Qué más podían pedirle a la vida?

Una mañana Martín amaneció macho y vació sobre Chita la fuerza que le daba ser hombre. Descargó su furia desconocida muchas veces, hasta que los familiares de ella se la llevaron a Ciudad Juárez. Martín Maravillas no volvió a verla jamás, allá durmió para siempre sin él. No hubo duelo para la única mujer con quien compartió en cuerpo y alma parte de su vida. Él siguió buscando otros amores, ahora sin cartas.

Cuentan que cuando era niño lo atropellaron en el centro de Matamoros por la calle Alatorre, afuera de la extinta Farmacia del Refugio. El propietario del inmueble, don Rogelio Ayup al ser testigo del accidente se apresuró a llevarlo a que le dieran auxilio médico. Desde aquel día, Martín dibujo en su mente y en su corazón que aquel señor era su papá. Anunció a todos que desde entonces sería Martín Maravillas Ayup y así fue. Esa certeza nos convirtió en primos.

Cuando lo veo lo saludo con gusto. Me aseguro de que plumas y peines sigan en la bolsa de su camisa. Desde hace años, sin la menor variante me suelta la misma frase en su exclusivo tono musical: “Flaca, hola prima. Estás más flaca, prima. Píchame una soda”. Ante tal alimentación de mi ego me reporto con una recompensa. Martín Maravillas dice: “Nos vemos flaca, con esto me alcanza pa´ los tacos. Porque picho los tacos y caen las muchachas”. Se va de prisa y me quedo con la misma pregunta, ¿quién tiene mayor parte de la felicidad?

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