El largo duelo

No puedo borrar de mi memoria los rostros de algunos familiares de los desaparecidos en la Laguna. Escuché varios testimonios. No tuve valor de acercarme a nadie de ellos, ¿qué palabras podía ofrecerles para su dolor insondable? Su impotencia crece y buscan refugio en otros casos similares, cada uno con su propia historia, con la tristeza a cuestas, permanente. La marcha de la paz del domingo ocho me dejó una tremenda resaca emocional. Leí en la prensa la nota del movimiento convocado por el escritor Javier Sicilia en todo el país, el turno era para Torreón y otras entidades.

Empecé a invitar a diestra y siniestra a amigos y familiares para reclamar por esta lamentable situación de inseguridad en nuestra tierra. Les comentaba la importancia de asistir como ciudadanos preocupados, como parte de una sociedad civil en desacuerdo por tanta sangre. Que acudiéramos como hombres y mujeres sin colores, sin credo, sin asociaciones, sólo unidos en esta coyuntura tan deshumanizada. Me confirmaron por lo menos diez personas. Insistí en que llevaran a sus hijos para iniciarles conciencia social en su formación.

Llegué a la Fuente del Pensador con Jimena, mi hija adolescente quien a la vez invitó a varias amigas. Llegamos temprano para esperar a nuestras convidadas. Caminamos, nos paramos, nos sentamos y nada. Ella empezó con una perorata: “¿para qué sirven estas marchas, para que Calderón diga que estamos reclamando y solucione todo? Esto no sirve de nada. Invitamos a un chorro y no viene nadie, mejor ya vámonos”. Le comenté el caso de Juan Francisco, el hijo de Sicilia y la manera cómo fue asesinado junto con otros jóvenes. Le dije que atrás de ese caso hay cientos de los que no nos enteramos y acudir es una forma de solidaridad para todos ellos. Le aseguré es peor cruzarse de brazos y no hacer nada, que algo bueno debe de salir de este movimiento. Que con una sólo persona que acudiera de las que invitamos, con eso ya había valido la pena. Que si quería irse, estaba en su derecho. Decidió acompañarme. Antes de iniciar, llegó mi amiga Oralia Díaz Valero montada en tremendos tacones. Así nos unimos a la marcha, rodeadas de muchas otras personas vestidas de blanco.

Íbamos en silencio, convencidos que la manifestación puede ser una de las rutas para combatir la violencia. Para unirnos al grito de “estamos hasta la madre” de esta guerra absurda declarada por el presidente Felipe Calderón a la delincuencia organizada. Estoy segura que los asistentes sólo buscamos paz y tranquilidad, deseamos vivir sin pánico al salir de nuestras casas, del banco, de las fiestas, al bajarnos de nuestro auto. Queremos que nuestros hijos puedan jugar en los parques, andar seguros con sus amigos en las calles.

Es difícil describir los testimonios de los familiares de los muertos y desaparecidos. “Se los llevaron vivos y vivos los queremos”, clamaban al final de cada intervención. Hicieron referencia a Jesús Daniel Flores García, Carlos Gerardo García Zapata, Juan Antonio Ornelas Solís, Armando Salas Ramírez y Servando García Campos, entre muchos otros, entre 157 casos de desaparecidos en la Laguna. “157 casos no es cualquier cosa” clamó la representante de Torreón, Coahuila.

“¿Dónde está mis hermana? ¿A dónde se la llevaron? ¿Por qué? ¿Dónde está mi hijo?  ¿Dónde está mi papá? “Estamos hasta la MADRE”. Alto a la guerra. Paz con justicia social y dignidad.” Son algunas de las leyendas en pancartas y mantas que clamaban en la marcha. Esta expresión de dolor e impotencia de los familiares ofendidos es reflejo del descontento social, del temor que nos invade cada día, de la zozobra de despedirnos de nuestros familiares cada mañana, de no saber cómo podernos ayudar en la medida de nuestra posibilidades a mejorar esta situación. Nuestra impotencia está latente. El duelo de los familiares de muertos y desparecidos se hace largo.

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