Dos días con sus noches en un llanto interminable, sumamente lastimoso, desesperado. Lo vi y escuché rasgar el vidrio de la puerta. Sus ladridos fueron aún más dolorosos en la oscuridad, pedían clemencia inmediata. Mantuvo alejada mi tranquilidad esas largas horas, estuve a punto de darle pastillas para dormir, pero decidí tomar una para mi. Tírolo, mi perro chihuahueño mostró correspondencia al celo de la compañera de su especie, Nina.

Ella, con un par de años más que él, tomó la situación con mucho más prudencia y calma, aunque no podía evitar ir al vidrio divisorio con cierta frecuencia y arañar la puerta al unísono. El veterinario de Nina le advirtió a mi hija Jimena que su perrita tiene un soplo en el corazón y que no es conveniente que tenga cachorros. Recomendó en cambio que la esterilicen. Se nos hicieron largos esos días. 

La segunda noche, pusé al Tírolo en un cuarto externo a la casa. Ese espacio no tiene muebles, de manera que sus aullidos tomaban sonido estereofónico en el silencio de mi cuadra. Tomé una píldora para dormir y evadirme de sus lamentos. Eran cada vez más desgarradores, pedía piedad con todos sus sentidos y con sus garras. Parecía como si fuese una fiera gigantesca quien estuviese aislada. 

Desconozco en qué momento de esa madrugada pude conciliar el sueño. Sentía horrible. A la mañana siguiente, cuando fui por el Tírolo, lo descubrí con mucha sorpresa en la cochera. Estaba segura de que había cerrado el cuartito y que no había manera de que pudiera abrir la puerta. Caminé para saber qué había pasado y con sus garras, mi perro destruyó una esquina de la puerta para salir en busca de su amada Nina, tenía ante mis ojos el hueco del amor. 

Cada vez me convenzo más de los profundos aprendizajes que nos regalan lo canes. No puedo evitar preguntarme qué otra especie manifiesta su sentir como mi Tírolo. Debo confesar que mi perro burló la vigilancia más de una vez, volcando su pasión sobre su alma gemela. Pronto sabremos el desenlace

Deja tu comentario