El Caribe sin Caribe

La arena blanca, limpia, suave, ligera, como la de Cancún o la Habana. El Caribe sin Caribe y con mucho Coahuila. El oleaje me recuerda esas islas caribeñas, tranquilas y exentas de olores, pareciera estuvieran programadas para no hacer olas, para ser sigilosas, y así nos dejen pensar sólo en llevarnos todos los colores en los ojos y en los poros ¿quién le copió a quién, el Caribe al marecito, o viceversa? ¿Cuánto tiempo más debemos esperar para ir a recargar paz? ¿Arrastrarán un poco de remordimiento aquellos viajeros-demoledores-impúdicos?

Recuerdo con indignación hace tres años a un grupo de spring breaker, que hicieron de las suyas y dejaron devastado “el marecito”, un mar hermoso a pequeña escala en pleno semi desierto. Cuando llevé a una amiga española, estaba extasiada, no daba crédito al ver los colores transparentes-verdes-azules debidos a las algas microscópicas. Me comentó que cuando les contara en su país que el oasis está en medio del desierto, nadie le creería. Lamento todavía tener sólo en mi memoria la imagen, no poder acudir a esta confabulación de belleza y paz. El camino para llegar es entre curvas y curvas, arbolado, de pronto, te espera un gran valle, una cortina natural de ocotillos verdes coronados con sus flores rojas y atrás aguarda para ti, sigiloso, este santuario dibujado por ángeles.

Mientras esperamos nos permitan entrar de nuevo al paraíso, podemos ir a otro cercano, más pequeño, pero con su propio encanto, la Poza Azul, que cuenta con un museo en la entrada. A espaldas de éste, una poza mediana, con sus tortugas bisagras, ejemplares milenarios, endémicos. Cuando se sienten atacadas, usan su caparazón literalmente como una bisagra y quedan “cerradas” en su totalidad, ningún depredador puede ni siquiera hacerle cosquillas. Continúas la vereda y al fondo, está la Poza Azul con un mirador de madera. Ahí puedes tener una perspectiva más amplia de la vida tanto fuera como dentro del agua. Quieres tomar fotografías de todas las maneras posibles, para respaldar la neurona.

Cierro los ojos para imaginar como estarán enlazadas por debajo las más de doscientas pozas. Supongo que las especies milenarias no respetan los espacios delimitados por escrituras, sólo se deslizan bajo el agua, libres. En la Poza de la Becerra vi una moto acuática pasar de manera impune una y otra vez en el agua, no sé cuántos peces ciegos, -también únicos en el mundo- quedarían en las llantas del vehículo. Tampoco sé cuantos murieron y morirán a causa de los bronceadores, bloqueadores y demás productos usados por los visitantes que contaminan esas aguas que nos pertenecen a todos.

Este valle es el hogar de más de cien especies de animales y plantas suculentas, así como más de cuatrocientas cactáceas existentes solamente en este santuario. Alberga uno de los humedales más importantes de México, formado por ríos, lagunas, ciénegas y las increíbles pozas de todos tamaños, intercomunicadas de manera subterránea. En 1994 fue declarado por el gobierno mexicano como Área de Protección de Flora y Fauna.

Creo que gran parte de los coahuilenses volteamos a Cuatro Ciénegas a raíz de la cobertura de la revista National Geographic, en octubre de 1995. La pertenencia y el arraigo nos surgieron. Entraron, ahora si, las ganas de ir a conocer esta maravilla, vista quizá por ojos azules, como las pozas. Cómo no saber antes que en su territorio alberga una décima de todas las especies del planeta, muchas de ellas endémicas.

Lo que escribo es una parte minúscula de Cuatro Cienégas, ya que cuenta además con  el Palacio Municipal, la Presidencia con el escritorio usado por Venustiano Carranza, la Iglesia de San José de 1806, la Plaza de Armas, la vieja Iglesia de Sillar,  el Cerro del Muerto, el Museo de Carranza, los dulces y vinaterías tradicionales, y por supuesto, las Dunas de Yeso, que relataré el lunes próximo. “El marecito” y las pozas me provocan lo mismo que la lectura del Principito de Antoine De Saint-Exupéry, cada vez me sorprende con algo diferente.

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