Desierto que fue mar

El segundo desierto de granos de yeso más extenso de América, es nuestro, coahuilense y vecino de la Poza de la Becerra en Cuatro Cienégas. El paisaje de finas arenas blancas de yeso en su estado puro (sulfato de calcio), abarca alrededor de 800 hectáreas. Hace millones de años, formaba parte del Mar de Tetis. Cuando éste se desintegró, quedaron pequeñas lagunas cuyas aguas se evaporaron a través de los milenios; pero el yeso, se aferró a permanecer para formar las dunas.

Gracias al viento, las dunas avanzan constantemente, retratando obras de arte de ondas únicas, efímeras, siempre cambiantes. Es mágico observar cientos de granos blancos serpentear a una velocidad dictada por el viento, van casi a ras de la duna, y en conjunto integran una ligera alfombra voladora. Es una suerte descubrir una lagartija deslizarse con rapidez y determinación hacia el lugar deseado: la sombra de un arbusto. También es alucinante ver sus huellas diminutas y perfectas sobre el yeso.

La última vez que estuve ahí con mi familia, nos acompañó el primo Miguel Ángel Rodríguez Tabares. Cuando nos bajamos de la camioneta, nos recibió un viento violento característico del desierto. El aire era tan fuerte que nos transportó al desierto sahariano-arábigo, podíamos sentir en la cara y en los brazos cientos de alfileres microscópicos, incluso a través de la ropa. Escuchamos el aire fuerte, soplando al oído. El único en peligro era Miguel, pues sus 50 kilos eran vulnerables al ventarrón que dibujaba su huesuda estructura. Su camisa y pantalón bailaban con energía, mientras estuvimos atentos todo el tiempo a su resistencia ósea, hasta verlo salir ileso.

Corrimos para romper el viento, el reflejo blanco como el de la nieve nos calaba en los ojos. Veíamos con asombro las palmas perfectas y el bello contraste de coloridos, de mar y desierto. Nos adentramos. Parecía infinito, nos subimos a las pequeñas montañas blancas y blancas. Que orgullo saber que esta maravilla nos pertenece y vive en medio del desierto.

Nos encontramos con un grupo de jóvenes alemanes que al vernos se alegraron mucho, pues fuimos su salvación para regresar a su coche que habían dejado en la entrada. La arena impedía la visión a poca distancia, pero nos sentíamos resguardados dentro de la camioneta. Los extranjeros estaban fascinados del sitio y de la poca difusión del mismo. Dijeron que en Alemania sacan partido de cualquier lugar aunque no tenga el encanto como el de las Dunas de Yeso, les ponen una gran infraestructura y obtienen considerables ganancias. Que ignoran por qué los mexicanos no explotamos nuestras bellezas naturales.

Me dio pena decirles que antes de ser zona protegida, las Dunas de Yeso fueron explotadas por los habitantes del lugar y por una fábrica procesadora de yeso cercana. El material obtenido era muy apreciado, con una pureza del noventa y ocho por ciento. Tampoco les expliqué que la extracción intensiva de material mermó el ecosistema. Sólo comenté que este singular desierto podrá seguir creciendo conforme transcurran los años, con el respeto y ayuda de sus visitantes y de sus propietarios. Nos fuimos contentos por haber vivido esa tormenta  dentro del desierto que fue mar.

 

 

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