(Des) dibujando oficios

Odio decir “en mis tiempos”, porque me taladra lo mucho que he vivido. Cuando era niña recuerdo mis proyecciones, entre otras, les decía a mis amigas de la primaria Lázaro Cárdenas en Matamoros, Coahuila: “Cuando se vaya a acabar el mundo, en el 2012, ya voy a estar muy vieja. Qué importa si ya me voy a morir porque para entonces ya tendré muchos veranos”. Ahora, montada en este profético año me siento plena, feliz y con muchos proyectos por delante.

En un momento de paz, hice un recuento de lo maravilloso que resultaba mi niñez, fui una niña alegre, en un seno familiar tranquilo y sin grandes lujos. Empezaron a desfilarme un montón de oficios que entonces eran cotidianos. Ahora que indagué a jóvenes de Torreón y de Saltillo sobre dichos oficios, me voltearon a ver con cara de: “¿qué fumaste, de qué hablas? En retahíla les pregunté si conocían a alguien con los siguientes oficios: plañideras, telegrafistas, escribidores, organilleros, varilleros, afiladores y peluqueros, entre otros. La cara de cada uno delataba que  hablaban con una anciana del siglo antepasado. Así que sonreí y simulé que no había cuestionado nada.

Conozco a una sola plañidera en el mundo. Pareciera un oficio salido de la imaginación de Gabriel García Márquez. Las plañideras son personas que se alquilan para llorar muertos ajenos (parafraseando al propio Gabo con uno de los títulos de su maravilloso cuento Me alquilo para soñar). No sé hasta qué punto sea leyenda urbana, pero decían en mi casa paterna que cuando contrataban a mi plañidera favorita preguntaba siempre que con o sin desmayo. Le decimos “La güera Ligia”, y le hacíamos broma que de acuerdo al llanto era el pago. Un llorido discreto, era un billete de baja denominación. Llorar a todo pulmón era más caro; desmayarse representaba un sobre más gordito y la mayor gratificación era al intentar echarse al pozo con el difunto en turno.

“La güera Ligia” se presentaba vestida de negro cubriendo su delgada figura con unas enaguas de línea, medias de viejita, un gran rebozo que le servía para esconder sus trenzas y su mirada ojiverde. Era muy allegada a mi familia y cuando la veía en esas situaciones en particular, me acercaba a saludarle para bromear con ella. Me decía: “Ándale, nostes fregando y dame mi domingo, por si estos no me pagan la llorada”.

Hace días la vi en su casa de toda la vida, está igual como la guardaba mi memoria, inclinada de un lado más grande que del otro, pintada de dos colores vivos y con una piedra al lado de la puerta en la cual “la güera” ve pasar la vida cada tarde. Mi plañidera preferida (y única) tiene ya muchos surcos en el rostro, más encorvada la espalda, pocos dientes, la misma sonrisa contagiosa y un rebozo como sempiterno acompañante. Créanlo o no, pero “la güera Ligia” es una mujer de huesos, recuerdos y la mirada de una paz poco frecuente.

El otro oficio que recuerdo de niña era el de telegrafista. El de mi pueblo tenía varios hijos y coincidían en edades con mis hermanos y conmigo, de tal suerte que cada uno de nosotros éramos compañeros de aula en diferentes grados con los hijos de “Don Cata”. Recuerdo su local en el mero centro de Matamoros, a una cuadra de donde mi mamá tenía su tienda. Ella me pedía que la acompañara a mandarles dinero y mensajes a mis hermanos que estudiaban en Saltillo y en Monterrey.  Era un local  muy limpio, austero y con poco mobiliario. Don Cata (que en realidad se llama Catarino) siempre veía por encima de sus lentes, se concentraba en mandar en clave el mensaje solicitado, tenía pocas palabras en la boca. Mi mamá me contaba lo seguro y rápido del servicio, pues en pocos días ya estaría en manos de los destinatarios. Si ahora le digo a un niño el proceso para este episodio le parecerá interminable.

Veo ahora que ya me excedí de los caracteres requeridos para este artículo y apenas llevo dos oficios (des)dibujados. Con la pena, pero pasaré los siguientes para el próximo texto, no se desesperen. Por lo pronto piensen si conocen algún escribidor, organillero, varillero, afilador o peluquero.

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