(Des) dibujando oficios II

En el artículo anterior me referí a los oficios antiguos que se van perdiendo poco a poco. Algunos de ellos muchas personas, sobre todo jóvenes, no conocen ni siquiera el nombre del oficio. El turno en el pasado texto fue para las plañideras y telegrafistas. Recibí algunos comentarios preguntándome si las mujeres que se alquilan para llorar muertos ajenos son reales o si vienen de la imaginación del maestro García Márquez.

Ahora me gustaría (des) dibujar a escribidores, organilleros, varilleros, afiladores y peluqueros. Anteriormente el escribidor era una persona a quien le gustaba leer, tenía buena ortografía y caligrafía. Su trabajo consistía en hacer cartas para personas iletradas o carentes que no tenían una máquina de escribir. Quizá no con la jocosidad de Cantiflas en una de sus películas, pero los escribidores tienen (¿o tenían?) espíritu de ayudar para que el destinatario supiera los sentimientos del remitente. El escribidor plasmaba en su máquina lo que le dictaba la persona sentada frente a él. Imagino la escena en un marcado o en la plaza de un pequeño pueblo.

A los organilleros los he visto vestidos con su traje color caqui y su sombrerito del mismo tono en el Centro Histórico de mi querido Distrito Federal. La tradición de los organillos tuvo su origen en el Barrio de Tepito. Se dice que llegaron de Alemania. El auge de los organilleros data de finales del siglo XIX. El organillo es un precioso instrumento de madera que reproduce melodías grabadas en cilindros de papel o metal perforados. Sus notas musicales recuerdan a un gran carrusel infantil, pudiera ser el de la Alameda Central sobre la Avenida Juárez en el mismo D.F. La persona que acompaña al organillero invita a los transeúntes a: “cooperar para que no se pierda la tradición”. Hace décadas se acompaña también con un chimpancé, encargado de recaudar monedas en un pocillo. El organillero alegra la vida de quienes pasan por ahí, hace un momento más cordial y ameno, le da un toque especial, de añoranza, de nostalgia, de anhelo de vida. Ojalá siempre existan.

Conocí la palabra varillero hace apenas unos años y hasta entonces supe que durante mi niñez fui ayudante de una persona con ese oficio. Cada domingo acompañaba a mi mamá al barrio donde vivía mi abuela materna, doña María Mejía Cervantes en Matamoros, Coahuila. Ahí mi madre vendía a las vecinas hilos, telas, cierres y otros artículos de mercería. Llevaba una caja rectangular de mimbre con una aldaba en uno de los lados. La abría ante cada clienta, mostrando con mucha emoción su mercancía, lo hacía con tanta energía que no había persona sin quedarse con alguno de sus productos. Regresábamos al domingo siguiente a cobrar y a que compraran nuevos artículos. En esta retrospectiva me estoy enterando que en realidad mi ayuda consistía solamente en acompañar a mi madre, pues ni siquiera me dejaba cargar con su empresa ambulante. Dicho sea de paso, el término varillero no aparece con la acepción a la que me refiero.

Hace poco vi pasar afiladores sobre mi antigua casa en una colonia popular en Torreón, Coahuila. Andan en una bicicleta y traen en la parte posterior de ésta una pequeña caja de herramientas. Se distinguen por usar un silbato especial que les hace saber a las amas de casa que pueden salir a darle filo a sus cuchillos y tijeras. En Saltillo, Coahuila, aún se les ve pasar en colonias de la periferia.

Respecto a los peluqueros se les ve con menor frecuencia en las ciudades. Ellos dicen que son más especializados que los estilistas, porque estos últimos además de cortar el cabello, ponen uñas, maquillan y esto les impide ser expertos en el cabello. Los peluqueros identifican su negocio con unas líneas diagonales azules y rojas. Tienen un sillón enorme especial para que el cliente se pueda recostar y le hagan literalmente la barba. Mi esposo tiene su peluquero de cabecera en Saltillo a la vuelta de la casa, orgulloso dice que paga mucho menos que con estilistas y le dejan el cabello muy bien.

Estos oficios (des) dibujados han sido víctimas de este mundo tan vertiginoso donde el consumismo, la música actual con mensajes superficiales, los grandes centros comerciales y las sofisticadas estéticas ha cobrado mayor importancia. Anteriormente la gente sencilla buscaba un trabajo simple que le diera para comer, para tener tiempo para disfrutar con la familia  y con los amigos. Vivimos enceguecidos en el presente.

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