Del libro y los fogones

Los fogones encendidos de la enorme cocina impregnada de olores, viajeros vertiginosos capaces de despertar la imaginación y la felicidad más entumecida. Sobre la gran mesa de madera, Ignacia desvena y corta los chiles anchos con parsimonia, buscando la perfección entre ruidos de cuchillos que parten otros ingredientes frescos. Tampoco sus compañeras de cocina hablan, se concentran en la elaboración de los chiles anchos rellenos de queso nuez en pasta hojaldrada.

Ignacia y sus compañeras esperan instrucciones de una figura esbelta envuelta en un hábito de monja. Ésta se desliza ágil y con sus exquisitas manos mezcla la porción exacta de cada elemento. Tiene más de cinco sentidos puestos para alabar a los Virreyes de la Nueva España, doña Leonor Carreto y don Sebastián de Toledo Molina y Salazar marqués de Mancera.

Así invertía parte de su fructífero tiempo una de las protagonistas más representativas de nuestra historia, Juana Inés de Asbaje y Ramírez, mejor conocida como Sor Juana Inés de la Cruz. Sólo se tenía a sí misma, fue señalada por los religiosos como bastarda, quienes opinaban que sus conocimientos adolecían de los defectos de la autodidacta, sin la estructura de la guía de un maestro. Sin embargo, explotó su inteligencia para cambiar a su favor un escenario con las condiciones favorables para lograr sus objetivos.

Tenía claro que el matrimonio y la maternidad no eran para ella, quería tiempo para estudiar, elaborar teoremas, escribir, debatir con la nobleza, con doctores y otros seres pensantes. Por eso decidió convertirse en monja, el oficio le otorgaba privilegios que de otra manera no podría disfrutar. ¿Cómo consiguió cambiar sus condiciones tan adversas, en una época tan álgida sobre todo para las mujeres? Apoyada con su inteligencia superior aunada con su magnífico arte culinario, con sus manjares lograba obtener lo que se planteaba.

La novela La venganza de Sor Juana de Mónica Zagal (Editorial Planeta, México D.F. 2007), nos muestra una mujer real, que se pasea por las calles de la ciudad de México entre pregoneros ambulantes, que lee, que sueña, que ríe, que transpira, que duerme, que ama y que hace alianzas. Nos dibuja a una mujer que concilia la humildad del cortesano con la frescura de la adolescencia. Juana de Asbaje se sabía envidiada por hombres y mujeres por su extraordinaria belleza y talento, no en vano hay opiniones de historiadores serios que afirman que mujeres como ella nacen cada cien o doscientos años.

La obra nos regala un ambiente culinario entre verdaderos festines multicolores plagados de olores maravillosos en una conexión arte gastrónomico-emociones. Cito los títulos textuales de algunos de los platillos más sublimes de su famoso recetario, cada uno con su consabida recomendación para cada estado de ánimo: Quenefas de gazapo en salsa de pasilla almendrada (Para los duelos y tristeza); Camarones gamba en salsa de tamarindo y chile meco (Para ganarse la simpatía de un hombre hosco y frío); y dos de mis favoritas de favoritas el Flan de mamey (para alejar todo tipo de tristeza y los Chiles anchos rellenos de queso nuez en pasta hojaldrada (para evitar el tedio del alma).

Zagal escribe en su novela: “Con tantos entremeses, la mesa parecía un bodegón de naturaleza muerta: empanadas de perdiz, alcachofas con jarretes de tocino, morcillas asadas sobre sopas de bizcochos y natas, salchichones y lengua, pastelones de ternera y truchas fritas con tocino magro. El jesuita probó un par de platillos para no desairar al marqués. La lengua estaba dura y correosa, las truchas, por el contrario, frescas y apetitosas. El anciano probó de todo, como si a la mañana siguiente se fuese a acabar el mundo”.

La autora nos señala que Sor Juana fue rebelde pero no de una rebeldía de negarse a hacer las cosas, “era una mujer irreverente, que jugaba con los placeres y con la gente, tejió todo lo que necesitaba a su alrededor con inteligencia pero sin dejar de obedecer. Si el padre Núñez le decía: ‘Tienes que hacer tal cosa’, ella lo hacía, el más claro ejemplo de su obediencia fue vender su biblioteca, que era lo que más amaba; tuvo que ceder un poco para ganar otras cosas, tal vez nadie se dio cuenta pero ella ganó siempre, logró muchas cosas ayudada por la comida”. La invitación a conocer a esta mujer de carne y huesos ayudada por su cocinera y consejera Ignacia es una rica aventura. Anímate, acércate al libro y al fogón.

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