Del fijo al Viber (parte I)

Durante mi juventud, en mi casa materna había solamente un aparato de teléfono fijo. Todos  escuchábamos las conversaciones de todos y sabíamos quien le llamaba a quién. Teníamos la consigna de ser muy cuidadosos con el uso del mismo, ya que si nos excedíamos del presupuesto, nos veíamos obligados a prescindir de sus servicios en el siguiente mes. Si teníamos pendientes con personas cercanas a la casa, optábamos por caminar para evitar hacer una llamada extra. Representaba un servicio de comunicación muy útil, en especial para acercar a familiares y amigos residentes de otras ciudades y países.

            Era muy común oír a mis entonces amigas adolescentes que se habían quedado sin teléfono porque el recibo les salió altísimo. También era frecuente hacer bromas telefónicas sin temor a ser descubiertas, pues no había manera de que el interlocutor supiera dónde se generaba la llamada. Algunos años después, mientras residí en el Distrito Federal vi el surgimiento de los teléfonos celulares, unos verdaderos ladrillos, pesados,  poco estéticos, con baja señal, frecuencia limitada y alto costo. Los diseñados para auto eran todavía más pesados, pero daban cierto estatus.

            Otro avance de la tecnología se suscitó a principios de los noventa.  Escuché por primera vez a un amigo doctorado colombiano sobre una maravillosa herramienta que podías tener en tu computadora. Decía que había acceso a información infinita y era fácil comunicarte con gente de todo el mundo sin importar si no le conocías. Él se mantenía en contacto con su familia en Colombia, y sus amigos europeos. Decía que por la misma tarifa  accedía a todas las consultas que necesitara, lo mismo con el uso de sus cuentas electrónicas.

            En el 2005 visité unas amigas del Distrito Federal que radicaban en España. Me contaron entonces la importancia del uso del celular y de cómo desplazaba a los teléfonos fijos, afirmaban que incluso el móvil era más barato que el de casa. Recuerdo que la única llamada recibida en la madre tierra durante mi estancia en aquel país fue para mí. Después me comentaron que no volvió a sonar el teléfono de su casa. Ese fenómeno tardó algunos años en que se diera en nuestro país. Ahora ya es común sólo comunicarse a los celulares, de hecho es extraño que tengamos el número de teléfono de la casa de nuestros amigos. Hace tiempo le llamé a una amiga a su domicilio particular de Torreón desde el mío de Saltillo, se sorprendió mucho y me comentó que hacía ocho meses no sonaba ese teléfono, pues sólo lo usan como complemento del internet. Me sentí arcaica.

            Puedo contar con los dedos de una mano las personas que hablan a mi casa, me refiero a gente que conozco, descartando las enfadosas encuestas, promociones y llamadas equivocadas. Los jóvenes ahora no usan el teléfono fijo, muchas veces ni se saben el número y no les agrada contestar, quizá les parezca lejano y fuera de moda. He visto que los adolescentes hablan desde su celular o mandan mensaje con otros miembros de la familia que se encuentran en la misma casa.

Se me terminan los caracteres permitidos en este espacio, y apenas cubrí la primera parte del tema. Queda pendiente una experiencia singular con las redes sociales que contaré en el próximo relato. Mientras, sube lo que se te ocurra al Face.

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