De mitos y leyendas

Esta semana tuve un viaje que me hizo reencontrarme con una niña a la que dejé ver mucho tiempo. Me recordó una serie de mitos que compartía con sus viejas amigas de la primaria. Se reunían en cualquier casa, después de hacer la tarea. La más flaca les contaba quedito, para no ser escuchada por adultos, que cuando estuvieran cerca de una montaña jamás debían escalarla si en ésta descansaba una sombra, pues si te subían a la sombra ella las absorbería y de inmediato se irían al cielo, así, sin más, nadie escucharía tus gritos y las llevarían directo al cielo.

La flaca les dijo que estaba enamorada de las Dunas de Bilbao con todo y lagartijas endémicas. Que las quería tanto que debían ser de ella y sólo de ella, así que le dijo a su mamá que se las comprara. Le lloró tantos y tantos días que la convenció de gastarse sus ahorros para cumplir su anhelo. Cuando terminaron de apilar innumerables montañas  diminutas de monedas ya se había ido el sol. Con la noche a cuestas se fueron a las Dunas.

En el camino, la delgada niña observó todas las brujas que nunca había visto en su vida. Así le llaman en el norte a una esponjada planta seca que cuando se sale de la tierra va deslizándose en forma circular, como flotando, así va recorriendo los grandes llanos laguneros haciendo un ruido peculiar, como de bruja. Ella estaba admirada porque realmente eran muchas y recordó otra de sus leyendas guardadas.

Le contó a su mamá que les dicen brujas porque tienen un hechizo: adentro de cada una hay una verdadera bruja. Cuando llueve con sol las brujas se empapan de manera especial y si se ven cubiertas por el arcoíris, de cada planta seca renace una bruja real, quien busca víctimas para molestar. La flaca se alegró que hiciera alianza con  la noche pues era imposible ver dicho fenómeno. Iba feliz porque le comprarían sus Dunas, y como alguna premonición le habían mandado ese bouquet de brujas, para que las admirara todas de un jalón.

La niña huesudilla sentía que la felicidad era sólo para ella. Imaginaba que las torres de energía eléctrica eran  enormes vestidos multicolores y que atrás de las montañas vivía una niña gigante, que le gustaba cambiarse de ajuar una y otra vez. La carretera completa era su guardarropa. Aunque nunca la había visto, a sus amigas se las describía con el detalle más mínimo, les contaba acerca de la mirada, la sonrisa, el cabello, las largas piernas y sus movimientos lentos y torpes, la veían tan convencida, que estuvieron a punto de creerle.

Le parecía interminable llegar por sus Dunas, mientras agradecía no encontrarse con ningún remolino. Donde vivía había muchos, y le encantaba atraparlos, meterse en ellos. Cerraba los ojos y sentía cada grano de arena en su piel, le volaba el cabello, la ropa y la mente. Creía que el motivo principal de la existencia de ese remolino era para meterla en su delgadez. A sus amigas les contaba que debían tener cuidado de no hacer esto con los remolinos de la carretera, porque esos sí las llevaba a otro mundo, más feo que este,  mejor ni mirarlos, porque además salían entes que los adultos no podían ver, sí los miraban, te echaban un hechizo.

La mente de la flaca no descansaba nunca, siempre estaba de buen humor, siempre contaba historias. Jugaba con el aire en su mano, una y cien veces la fuerza del aire vencía a su mano. La dejó quieta para sentir unas grandes gotas y otras y otras. Una más grande que la anterior. Subió el vidrio de la vieja camioneta de su tío. Rogó a todos los santos que no saliera el arcoíris. Sus ruegos no fueron escuchados. Prefirió cerrar los ojos y fingir que dormía. Cuando los abrió el costal del dinero se había ido. Llegaron a las Dunas de Bilbao, sintió la arena húmeda en los pies. Descubrió la belleza del lugar por enésima ocasión. Siguió pensando que las Dunas un día, serán sus Dunas.

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