Caviar del desierto

El olor y la pertenencia al desierto me expande el orgullo de ser parte de él. Enloquezco -un poco más,- cuando descubro en vísperas de cuaresma florecer las biznagas rojas. Estas cactáceas son un regalo a la vista y al paladar. Su tallo es cilíndrico, de costillas anchas con terminación en un perfecto ángulo recto cubierto de lana blanca. Como característica especial, el filo de cada costilla tiene espinas centrales rojas y curvas, de ahí viene su nombre. Estas espinas son tan fuertes como para perforar la piel, su conformación es perfecta, como el caer de una gota de agua al momento en que se diáspora.

Su nombre científico es Ferucactus Stainesii Ssp Pilosus. Cuando los españoles llegaron a México, la rareza y hermosura de este cactus les sorprendió tanto, que lo enviaban a Europa para ser apreciado por sus coetáneos. La magia de la biznaga roja es infinita, puedes admirarla en nuestros paisajes entre Saltillo y San Luis Potosí, en jardines, camellones y en complejos habitacionales y deportivos como Montebello en Torreón. Verla florecer es un placer inigualable. Es difícil concebir tal belleza natural, sus colores explosivos morados o amarillos llaman a sólo mirar y mirar. La suavidad es similar a la de una orquídea, no es desorbitado aceptar que las huellas de mis dedos son ásperas cuando he rosado estas flores.

Me asombra el fruto de la biznaga roja, el cabuche al que he “bautizado” como caviar del desierto. Dicho botón es parecido a la cabeza de la alcachofa, aunque su sabor no se compara al de ningún otro alimento. Conocí esta delicia mientras radicaba en Saltillo en un restaurante muy prestigiado de la capital, que por cierto tiene un precioso jardín semidesértico. Después supe que vendían el fruto en el mercado, en donde compré por varios años por lo menos un costal para tener en conserva en cualquier época. Cuando regresé a Torreón mi amiga Vicky Valdés se convirtió mi proveedora y anda buscando en cuál mercado están  más frescos. También he comprado en conserva en el restaurante en Matehuala sobre la carretera San Luis Potosí- México en donde venden unas famosas “glorias”.

En cualquiera de sus formas y presentaciones el cabuche es delicioso, en el restaurante que lo probé la primera vez lo ofrecen flameado al tequila, en las casas saltillenses lo preparan con tomate y cebolla, con huevo, forman “tortitas” o lo combinan en ensaladas. A mi me gusta experimentar, crear un poco fuera de lo establecido, y en definitiva, el cabuche ocupa un lugar especial en mis quereres gastronómicos.

Lo compartí con unos amigos españoles a quienes no pude convencer que ese sabor tan delicado, provenía de mi semi desierto, creciendo de manera silvestre. También les sorprendió su poca difusión, me comentaron que si su país contara con este espécimen ya le habrían creado un plan de defensa y reproducción para masificarlo de manera responsable. Hice un gran silencio, les dije lo mucho que quiero a mi país, con sus fallas y más fallas, pero me quedo con él y en él, queriéndolo con todo lo que la ascendencia de ellos no se llevó en su totalidad, entre otras cosas “el caviar del desierto”.

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