Amar la vida

Desde niño aprendió el amor por el trabajo y el deporte. A pesar de no ser el hijo mayor, era el más apegado de su padre, de quien tuvo una arraigada influencia. También era el enlace entre sus doce hermanos y el progenitor de todos. Durante su soltería fue el encargado de sacar permisos para fiestas, de interceder por ellos para aligerar castigos y para alargar los tiempos de salidas. Tanto en su infancia como en su juventud, la vida era demasiado tranquila, había pocos peligros y mucha gente buena a su alrededor. Existía el ejercicio de la convivencia humana, de los sentidos abiertos, había excesos de esas pequeñas y modestas cosas que en el ser humano adquieren descomunales magnitudes: diálogos, honestidad, silencios, justicia, orden, disciplina, y los ejemplos de apoyar a los más vulnerables, de servir y de dar tiempo.

Tengo la firme convicción que don Rodolfo Ayup Sifuentes reprodujo muchos de los patrones de conducta de sus padres. La última vez que hablé con él, le pregunté qué aprendió de su papá, don José Ayup Tedy: “Él nos enseñó a todos a jugar, a ser deportistas, veintiún años competimos en Torreón seguiditos, once fuimos campeones regionales. Entrenábamos en pleno sol, a las dos de la tarde nos llevaba a los arenales del indio, por donde está el panteón, para tener buena condición física, una o dos horas entrenábamos, veníamos, nos bañábamos y… a trabajar.”

Sobre la opinión de su madre, doña Feliciana Sifuentes Urquizo, respondió: “Chanita era muy humilde por completo, hacía lo que él (don José Ayup) le decía. Se enojaba porque le ordenaba, hacía caras, pero lo hacía. Era muy diferente a mi papá, pues hacía lo que él quería, hacíamos nosotros todo lo que él quería, igual que mi mamá.” Sin embargo, en aquella enorme casa céntrica en Matamoros, los hermanos Ayup se daban tiempo de hacer bromas, de divertirse sanamente. Don Rodolfo recordó: “Imagínate el relajo y las loqueras con siete hermanos varones, si a uno no se le ocurría algo, se le ocurría al otro. Siempre hacíamos travesuras”, junto con su hermano Jaime se acordaron cuando su papá les pegaba con un cinto si llegaban tarde de las fiestas: “Nos esperaba atrás de la puerta y apenas la abríamos cuando ya sentíamos el cintarazo. Sólo así entendíamos”, sonrieron divertidos los hermanos.

Un verdadero ejemplo don Rodolfo, como ser humano, como deportista y como político. Su trayectoria es muy destacada, jugó veintiún años consecutivos en el equipo de básquet de los Hermanos Ayup y fue seleccionado en los Campeonatos Nacionales de Primera Fuerza. Sólo ese ejemplo nos deja claro su enorme disciplina. En la cancha era ágil, audaz, combativo, lo que le sirvió para ser seleccionado nacional en basquetbol en los Primeros Juegos Deportivos Panamericanos en Argentina. Deporte, trabajo y familia, no en orden de importancia, pero eran las prioridades de los Ayup Sifuentes.

“Mi papá siempre se preocupó por nosotros. Cuando ya empezaron a crecer mis hermanos Julián y Salomón comenzaron a jugar básquet en 1933 y 1934, yo tenía un año. Los levantaba temprano a entrenar.” Con ese paradigma paterno creció don Rodolfo, quien fuera Director del Instituto del Deporte de Torreón y lograra la construcción de la Unidad Deportiva Nazario Ortiz Garza en su natal Matamoros, Coahuila. Además de su pasión en el básquetbol, fue seleccionado por La Laguna en béisbol y atletismo. Presidió la Asociación de Béisbol en la Región Lagunera. Fundó la Liga Municipal de Béisbol.

Don Rodolfo se hizo a fuerza de sí mismo, ser merecedor del respeto, reconocimiento y aprecio de muchos laguneros. Se caracterizó por ayudar a quienes lo necesitaban, muchas veces aún sin conocerlos. Su corazón era más grande que él. Fue el Primer Delegado de la Comisión Nacional del Deporte en la Región, y ocupa un lugar en la Calzada de los Deportistas Ilustres de la Unidad Deportiva Torreón. Incursionó en la política como una manera de apoyar más a su gente. Cultivó el priismo desde muy temprana edad. Gracias a su partido fue presidente de Matamoros, Coahuila y Diputado Local.

Don Rodolfo ha dejado un gran legado: su ejemplo como ser humano, como deportista y como político. Siempre le dio prioridad a su familia. Dejó cerrados todos los eslabones para irse con tranquilidad y paz. Enseñó con el ejemplo la unidad, la justicia, el servicio a los demás, la tenacidad, la honestidad, el amor al deporte y al trabajo. Cito a mi recurrido Ernesto Sabato en su libro La Resistencia (Editorial Seix Barral, México D.F. 2000, págs. 33-34): “Así nos es dado ver a muchos viejos que casi no hablan y casi todo el tiempo parecen mirar a lo lejos, cuando en realidad miran hacia adentro, hacia lo más profundo de su memoria. Porque la memoria es lo que resiste al tiempo y a sus poderes de destrucción, y es algo así como la forma que la eternidad puede asumir en ese incesante tránsito. Y aunque nosotros (nuestra conciencia, nuestros sentimientos, nuestra dura experiencia) hayamos ido cambiando con los años; y también nuestra piel y nuestras arrugas van convirtiéndose en prueba y testimonio de ese tránsito, hay algo en el ser humano, allá muy dentro, allá en regiones muy oscuras, aferrado con uñas y dientes a la infancia y al pasado, a la raza y a la tierra, a la tradición y a los sueños, que parecen resistir a ese trágico proceso resguardando la eternidad del alma en la pequeñez de un ruego.” Gracias, don Rodolfo Ayup Sifuentes, por haber sido mi tío, por enseñarme sin una sola palabra todo lo anterior y también a amar la vida.

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