Agitado melodrama

Pocos minutos bastaron para llenarnos de angustia, pánico e impotencia. Escuché a mi hija Jimena asustada quien hablaba con su papá sobre la balacera que se escuchaba en el Territorio Santos Modelo. Corrí a saber qué pasaba, miraba a mi esposo tranquilizar a nuestra hija y las imágenes del estadio en la televisión. Los jugadores y aficionados corrían llenos de miedo hacia la cancha, y la explanada. Otros se tiraron pecho a tierra. Nadie sabía qué pasaba, si los balazos eran afuera o adentro. Sólo crecía el temor en todo el estadio. Las caras se llenaron de horror, de ansiedad. Los invadía la necesidad de encontrar un refugio seguro a salvo de una bala.

Jimena iba con dos amigas, Yulieth adolescente y Susy una joven adulta. A los tres minutos me llamó la mamá de Yuly para saber si ya estábamos enteradas de lo ocurrido. A partir de ese momento no perdimos la comunicación con las tres santistas que estaban en el estadio, con los papás de Yuly y con otros amigos que sabíamos estaban allá. Las líneas celulares del TSM se saturaron y se cortó la señal con casi todas las compañías celulares. Excepto en dos tipos de aparatos móviles, que por fortuna eran los que traían las jóvenes. Nos empezaron a llamar familiares y amigos para preguntarnos por nuestra hija, porque conocen su gran afición por el equipo Santos Laguna. Llegaron mis cuñadas Eloisa y Rosalba a acompañarnos mientras todo pasaba. Hablamos con el resto de mis parientes para saber si alguien más de la familia estaba allá. Por suerte, sólo había ido nuestra sobrina Anaid, joven universitaria.

Jimena y Yuly corrieron a guarecerse al baño. Con la desesperación de la muchedumbre, entre apretujones, lastimaron a las adolescentes, Yuly fue a parar al hospital. Mi hija mandaba mensajes con mucha frecuencia para pedirnos que no fuéramos por ella. Estábamos concentrados sólo en eso, en tranquilizarlas, en reiterarles que el problema era afuera, que donde estaban no había peligro, que no debían salir, que sólo debíamos esperar.

Lo inédito de dicho acontecimiento es que ni autoridades civiles, deportivas, jugadores, árbitros, o aficionados tenían plan de actuación frente a lo ocurrido. A todos ellos les ganó el pánico, al igual que todos quienes teníamos familiares en esos momentos en el TSM. Es preocupante que uno de los mejores estadios de Latinoamérica, carezca de medidas de seguridad y planeación para actuar en caso de emergencia, cualquiera que ésta sea. Hasta una hora después del suceso, empezaron a darles instrucciones a los presentes. Atinaron en cerrar todos los accesos para mantener a la multitud dentro de las instalaciones del Santos Modelo, e impedir que salieran a donde estaba el enfrentamiento. He acudido a actividades de la Unidad Torreón de la Universidad Autónoma de Coahuila. Me llamaba la atención que en la bienvenida la maestra de ceremonias resalta las medidas de seguridad en caso de emergencia. Creo que ahora, esta acción se debe reproducir en espacios en los cuales acuden gran cantidad de personas. Es lamentable tener que llegar a esta situación pero sin duda, necesaria.

El escritor mexicano Juan Villoro en su libro Dios es redondo escribe: “Si hubiera un campeonato nacional de aficiones de futbol, una final posible sería México-Escocia. Se trata de países que nunca han tenido protagonismo internacional y quizá por ello han buscado el placer compensatorio de llenar estadios”. Los partidos llevados a cabo en el TSM eran una válvula de escape para muchos jóvenes y familias, que acudían  a éste de forma segura. Los padres de familia teníamos la certeza que durante este tiempo no corrían ningún tipo de peligro, nuestros hijos tenían una sana convivencia con sus amigos. Era un par de horas, dedicados a cultivar su afición hacia su equipo favorito. Tenían libertad de gritar lo no permitido en otros espacios, podían emocionarse con cada jugada, saludar a personas conocidas, así como beber o comer. Tenían por cobijo el cielo, muchas veces bajo el inclemente sol, con la convicción de que por unos momentos todos eran iguales, con dos colores, sin distinción de clases sociales, fieles al Santos Laguna.

En la misma obra, Villoro analiza: “Un mexicano adicto al futbol, es, entre otras cosas, un masoquista que colecciona agravios, jueves de dolor para los que no hay domingo de resurrección. ¿Qué sería de nosotros sin este agitado melodrama?”. Yo pregunto, ¿qué será ahora de nosotros con este agitado melodrama y esta inseguridad?

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