Agave victoriae-reginae

A pesar de muchos, el Cerro de las noas se ha vuelto símbolo de Torreón, coronado por su gran Cristo y la escasez de estos agaves. Aunque pareciera increíble pocos conocen qué son dichas agaváceas. Hace algunos años, mi esposo Salvador y yo, platicamos con el Rector del Santuario Religioso, el padre José Rodríguez Tenorio, quien nos mostró unas noas que le regalaron, ¿y dónde están?, preguntamos extrañados. Aquí mismo. Se trataban de unas lechuguillas. Le explicamos cómo son las noas y le conseguimos con el Instituto Tecnológico Agropecuario de Torreón (ITA) dos hermosas especies, mismas que están a los pies del Cristo.

He tenido la fortuna de escalar la montaña más alta de Torreón en compañía del grupo “Caminantes del Cerro de las Noas”. Esto es justo frente al Cerro de las Noas, los caminantes le llamamos “la segunda antena”, ya que a una hora de camino se encuentra la primera. Se puede ver en lo más alto de dicha colina la antena y dos pequeñas construcciones, una de ellas es un helipuerto. Cuando la veo desde abajo, me da una gran satisfacción saber que pude llegar con mis propios pies hasta la cima.

Llegar a la cumbre nos toma un par de horas de regocijo entre los diferentes tonos de la naturaleza viva. Hemos recibido grandes regalos, como estrechar lazos familiares y amistosos, observar biznagas repletas de flores amarillas o moradas, amaneceres radiantes, ocotillos rematados con flores rojas, pájaros no vistos en la ciudad, sentir un aire más transparente, y apreciar una vista privilegiada, que sólo puede obsequiar el haber podido llegar hasta la cúspide. Es una verdadera tristeza confesar que podemos contar con una sola mano las noas descubiertas en estas travesías.

El exterminio de dichas agaváceas fue principalmente por una larga sequía en los años cincuenta y por el inclemente saqueo durante varios años. Son afortunados quienes poseen algún ejemplar. Las noas son perfectas, de formas variables, sus gajos verdes a los que especialistas llaman rosetas son pequeñas y compactas. Está formada por capas, cada una más grande a la siguiente, haciendo una imagen poliédrica, armónica y de una delicadeza singular, característica de nuestro semi desierto. Como señales distintivas dichas hojas están delineadas con un trozo suave color blanco cremoso. Al final de la hoja puede incluir de una a tres espinas marrones.

También se le conoce como pintilla. Los españoles, la admiraron tanto, que la ofrecieron a la Reina Victoria de Inglaterra y la bautizaron con su nombre Agave victoriae-reginae. Puede alcanzar una altura de hasta cincuenta centímetros y un diámetro de treinta centímetros, deben pasar algunos años para que esto suceda. Cuando la noa llega a la edad adulta produce en su centro la llamada inflorescencia, conocida vulgarmente como quiote, el cual es una vara central con floración ramificada en la cúspide que fructifica y madura generando semillas. Ésta llega a medir hasta cuatro metros y ocurre una sola vez en su vida, entre los meses de junio a agosto. Cuando ha terminado la reproducción de semillas, esta planta muere poco a poco.

Dicho bello ejemplar está considerado en peligro de extinción por su alta comercialización ilegal, ya que su belleza es codiciada entre coleccionistas del mercado negro de todo el mundo. Afortunadamente, existen cuatro centros interesados en el tema con fines no lucrativos: Grupo Peñoles, el ITA de Torreón, el Centro Comunitario de Cementos Mexicanos (CEMEX) y la Universidad Autónoma Agraria Antonio Narro Unidad Laguna. Se trata de reproducción, propagación y reforestación masiva en la Comarca Lagunera. Felicidades por este ejercicio de salvación para el subestimado y desconocido Agave victoriae-regina.

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