A la antigüita

Hace días vi un dibujo que me atrajo y me ha escarbado en el coco. Es una imagen simple del típico antes y después. Se trata de un comparativo entre la década de los setenta y la época actual. En la primera aparece un niño delgado, comiendo fruta, junto a una televisión pequeña, pero muy ancha. El niño tiene la apariencia de ser fuerte y feliz. La segunda refleja un niño obeso, con una hamburguesa, papas, refresco y el control de una ultra delgada pantalla de televisión. El gordito, aparenta estar cansado y con una actitud indiferente.

Me remití a mi niñez en Matamoros Coahuila. Éramos cuatro hermanos y nos sentábamos por las tardes para ver el único aparato televisivo que había en casa. Nos acostábamos en el suelo, platicábamos, mientras mi hermano Jaime hacía palomitas de maíz en una olla de peltre sobre la estufa, y nos la llevaba acompañada de una jarra de limonada. Veíamos películas mexicanas en blanco y negro. Hacíamos comentarios bobos sobre lo que veíamos, cuando queríamos otra opción en el espectro televisivo, la más pequeña, o sea yo, tenía que pararse a cambiarle al gran botón redondo que indicaba con números los diferentes canales.

Apenas regresaba a mi lugar y si fallaba la señal, debía moverle a la antena hasta que se viera bien. En ocasiones repetía la misma operación hasta obtener una imagen decente. Esa tele era tipo consola, con patas de madera estilizadas, y las bocinas estaban cubiertas con una tela amarilla similar al tapiz de sala, que se suponía era para conducir el sonido con mayor nitidez. La tele era muy ancha, alta y encima estaba cubierta por unas toallas tejidas con las manos de mi abuela materna. No faltaba el adorno ochentero de vidrio grueso, ese era verde y dentro de él, vivían unas flores emulando unas rosas de fuego.

Ahora, hasta en las casas más modestas tienen por lo menos una pantalla de plasma, y en las otras habitaciones y en la cocina, una televisión de las de antes, de esas anchas. Es cada vez más difícil ver a la familia sentada frente a la tele ya que cada quien la ve desde su recámara, incluso este artefacto es tan importante que se le asigna un cuarto para tenerla en un nicho casi religioso. Se acompañan muchas veces por comida chatarra y refrescos.

Le televisión tiene el mismo valor y nombre de otras áreas de la casa, en lugar de ser el cuarto de Manuel, se llama el cuarto de la Tele, así con mayúscula, igual que el nombre del hijo de la familia. Cuando en el comedor hay esta caja llena de colorido, la hora de comer es para adorarla, se sientan frente a ella y casi no hablan. Lo mismo pasa si hay una pantalla en la sala, ésta invade la atención e inhibe la convivencia.

Los niños y jóvenes son cada vez más sedentarios, en parte debido a la irrupción de la tecnología con juegos que no requieren en su mayoría de ningún tipo de esfuerzo físico. Muchos de los nuevos aparatos de diversión para el mercado infantil y juvenil son portátiles, y se accionan con los dedos de la mano. Es triste como se reúnen los jóvenes, sentados en una mesa y cada cual enfrascado en su teléfono móvil, mandando mensajes, llamando o entretenidos en las redes sociales. No se ven entre ellos, casi no hay palabras, sólo las necesarias para saber cuál es la siguiente actividad.

Los mensajes por celular son el pan nuestro de cada día, incluso hasta los integrantes de la familia se comunican por este medio, aun estando en la misma casa. La actividad que estemos realizando se antepone a la necesidad de comunicación con el resto de la familia, nos gana la comodidad. En lugar de levantarnos, caminar unos pasos y saber qué están haciendo nuestros hijos, mandamos mensajes o le llamamos. ¿Dónde queda la convivencia? ¿Por qué fomentamos una lacerante individualización? ¿Cuándo pararemos este exterminio de vidas solitarias aunque llenas de gente? Como dijo Robert G. Edwards, uno de los artífices de la fecundación in vitro, cuando le preguntaron sobre el método de los niños de probeta: “Pues yo prefiero mejor a la antigüita”. También a la antigüita son mejor los quereres, los juegos y las convivencias. Es cierto, antes los niños eran flacos y sanos y sus teles eran gordas. Ahora, al revés, la tele anoréxica y los niños obesos.

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