¿Quién te dijo?

Un viejo camión gris de tres toneladas, atrás de él, una hielera con refrescos, chuchulucos y agua. Una pelota, cartones grandes, algunas sillas, mis hermanos y mis primas Silveti. Adelante, mi tío Agustín Silveti con mis papás. Me gustaba irme parada, ver el camino al revés y que el aire volara mi otrora cabello largo. A mis ocho años, eran lejanos todos los destinos, aunque muchas veces acudíamos al mismo: las Dunas de Bilbao. Ahí nos aguardaba la felicidad completa, no era necesario más nada. Jugábamos a la “pichada”, todos en familia, jóvenes, viejos y niñas.

Corría para llegar siempre primero, para visualizarme desde lo más alto, en medio de ese desierto. En la cúspide de la montaña de arena, mi mamá nos contaba: “Érase que se era un pueblo de gigantes malportados y desobedientes que recibieron como castigo divino vivir por los siglos de los siglos bajo la tierra. Ese lugar es justo aquí, bajo nuestros pies. Y cuando las dunas se mueven, es porque los gigantes, desesperados, siguen buscando cómo salir de su penitencia.” Escuchaba la leyenda cada vez como si fuese la primera ocasión en oírla, pues se aderezaba con el aleteo de las manos y de los ojos traviesos de mi mamá.

Las niñas subíamos a las lomas de arena, nos sentábamos sobre el cartón y nos deslizábamos, felices. Hacíamos lo mismo una y cien veces, sabiendo que los colores naturales eran nuestros, y podíamos ser dueñas de nuestras vidas, sobre, y no bajo las dunas. Me parecían infinitos aquellos hacinamientos naturales de arena suave, imaginaba que en un lugar similar andaban los ancestros de mi padre, con sus kaftanes, turbantes y en sus grandes ojos, kejel para protegerse de la arena y de los despiadados rayos solares. 

Un campesino de la Villa de Bilbao nos contó entonces que hace miles de años ahí coincidían la Laguna de Mayrán y la Laguna de Viesca, y que a causa de los constantes encontronazos acuáticos, se  formando las colinas de arena. Así pues, tenía historias a escoger, podía quedarme con todas en un día, de una a la vez, o como dispusiera. Algunas veces mezclaba personajes, atuendos y llevaba las lagunas a otros sitios. Sabía que las todas las leyendas eran mías.

Reñía con los niños que se divertían matando lagartijas, me hacían rabiar cuando las mostraban sin vida, como trofeos. No sé que habría pasado si entonces supiera que esas especies sólo existen en ese lugar. Pero sí recuerdo cuánto me enfurecía y afligía a la vez. La lagartija se llama Uma exsul y se distribuye en médanos de arena del extremo suroeste y sur central de Coahuila. Era un festín verla, jugábamos a alcanzarla, pero nunca lo logramos.

Estos médanos se han formado durante miles de años, producto de la permanente erosión sobre los cuerpos rocosos de sierras aledañas. El ciclo constante del aire deteriora la roca y rompe con las arenillas, acumulándose paulatinamente en dunas, desplazándose al antojo del viento. Las Dunas de Bilbao están a sesenta kilómetros al sureste de Torreón. Tienen aproximadamente mil hectáreas, está cercada y es administrada por los habitantes de la Villa de Bilbao. Cuenta con un área recreativa de palapas, asadores, alberca y áreas de aseo.

A varias décadas de distancia, cuando regreso con mi hija Jimena, me sigo divirtiendo al deslizarme dando volteretas o sobre cartones. A ambas nos encanta enterrarnos entre la arena. Escarbamos bajo la tierra candente, la cual a poca profundidad es más fresca. Por eso, los sabios animales habitantes de las Dunas de Bilbao, se sepultan, así obtienen hasta diez grados menos de temperatura. Nos enterramos, sólo vemos el cielo y sentimos lo fresco de la arenita. Con mi hija y sus doce años sólo pervive el aquí y el ahora, no caben historias para gigantes, viejas lagunas o guapos árabes. Es mejor vivir paso a pasito, y así le doy la vuelta a otro de sus: “hay, no manches… Eso no es cierto, ¿Quién te dijo? ¿Un libro?”

Deja tu comentario